lunes, 14 de febrero de 2011

LA "PELIGROSA" SEGURIDAD DE LA FE RELIGIOSA

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Ante todo, pido disculpas por mi silencio en el blog en los últimos días. La apremiante urgencia de un trabajo, que tenía que entregar para un congreso, no me ha dejado tiempo para colaborar como es mi deseo. Además, no estoy seguro de que podré escribir un nuevo post la semana próxima, que viajaré a Mexico DF. Esté donde esté, intentaré seguir los comentarios, en la medida de lo posible.
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Como es lógico, no puedo responder a las numerosas cuestiones que han planteado los visitantes de los últimos días. Por supuesto, agradezco las aportaciones de todos. Porque de todos aprendo. Y todos, aunque no estemos de acuerdo unos con otros, nos hacemos bien y nos ayudamos mutuamente. Ver así las cosas -pienso yo- es una de las actitudes más enriquecedoras que hay en la vida. Enriquecedoras, para nuestra humanidad y nuestra espiritualidad.
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Digo esto porque cada día veo más claro la enorme importancia que tiene la tesis, que tan vigorosamente defendió el Concilio Vaticano I (año 1870), sobre la "libertad de la fe", contra las teorías de Georg Hermes. El Concilio afirma que, mediante el acto de fe, "el hombre presta obediencia libre a Dios, ya que asiente y colabora con su gracia, a la que podría resistir" (DH 3010). La fe cristiana es, por tanto, un acto libre. De forma que, de no serlo, dejaría de ser un acto religioso. La fe no puede ser nunca el resultado de una evidencia que se nos impone, sino que es una convicción que se acepta y se asume libremente. Además, si todo esto se piensa detenidamente, pronto se da uno cuenta de que la fe en Dios no puede ser de otra manera, ni puede tener otra estructura. Porque, si hablamos de Dios, estamos hablando, desde nuestra "inmanencia", de algo que se sitúa en el ámbito de la "trascendencia". Pero la "trascendencia", por definición, es aquello que nos trasciende, es decir, que está más allá del límite último al que nosotros (desde nuestra inmanencia) podemos llegar con nuestro conocimiento. Por tanto, nosotros no podemos conocer a Dios en sí. Sólo podemos conocer de Dios las "representaciones" que de él nos hacen las religiones. Desde la "inmanencia", todo lo que sabemos, pensamos o decimos es necesariamente e inevitablemente "inmanente". También la Biblia y todos los libros sagrados pertenecen al ámbito de la "inmanencia". Resignémonos a que es así. Y siempre tiene que ser así. Dejemos, pues, a Dios ser Dios. Y no hagamos de él un "objeto" mental que nos da seguridad o que nos libra de no sé qué sentimientos de miedo o de culpa.
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Hay gente que habla de Dios como si hubiera estado desayunando con él esta mañana. No, por favor. Aceptemos que Dios es Dios, o sea que no es un "otro" al que nosotros le hemos puesto todas las cualidades que nosotros apetecemos (poder, saber, bondad...). No. Eso no es Dios.
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Por lo demás, no es lo mismo certeza que seguridad. Yo tengo certeza en mis convicciones más firmes. Pero, sobre esas convicciones, no puedo tener la certeza que me da una ecuación matemática pura. Yo estoy convencido de que mi madre me quiso mucho. Pero sobre esa convicción no tengo la seguridad que tengo cuando digo que dos y dos son cuatro.
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Es lamentable que muchas personas, por ignorancia de los principios más básicos de la hermenéutica, se aferren a una seguridad que les hace daño a ellos. Y desde la que pueden hacer daño a otros. Todo acceso a la realidad es, por eso mismo, una interpretación de la realidad. Y mucho más cuando hablamos de una realidad que nos trasciende. Nunca insistiremos bastante en la relación inevitable que existe entre "conocimiento" e "interés", como ya explicó con enorme profundidad J. Habermas, hace más de cuarenta años. Los "intereses rectores de conocimiento" funcionan en todos nosotros sin que nosotros seamos conscientes de ello. El que piensa que él ve la realidad "tal cual es" y que, por tanto, las cosas son "como él las ve", lo que en realidad está pensando es que todo el que no ve las cosas como él las ve, está equivocado. Una persona que piensa así y se aferra a semejante seguridad, aunque no se dé cuanta de lo que le pasa, es una persona que se ve superior a los demás. Y que, por tanto, piensa que los demás tienen que aprender de él, en tanto que él está llamado a enseñar. Y no tiene por qué modificar sus criterios, sus puntos de vista, sus propias seguridades. De una postura así, al fundamentalismo o incluso al fanatismo, hay sólo un paso. Por esto exactamente, creo yo, son tan peligrosas ciertas posturas religiosas.
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Para terminar, sólo quiero pedir a cuantos lean este post que nadie piense que yo me siento seguro en todo lo que pienso, en lo que creo, en lo que vivo o en lo que decido. Tengo mis convicciones firmes y fuertes. Y conste que una de esas convicciones es que constantemente debo luchar para saber armonizar, en mí, mis propias convicciones y mis propias certezas con las convicciones y las certezas de los demás. Sólo así -creo yo- se puede ser verdaderamente humano y siempre buena persona, por encima de todo lo demás.
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domingo, 13 de febrero de 2011

¡POR FAVOR! QUE NOS HABLEN DE DIOS!

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Me llama la atención, y me preocupa, que en la Iglesia se nos hable tan poco de Dios. Obispos, curas, cristianos de derechas y de izquierdas, casi todos andamos enzarzados en discusiones sobre muchas cosas. Asuntos relacionados con lo que opinan los políticos, los periodistas, los científicos, los hombres de negocios, los economistas, los progresistas y los conservadores. Nos preocupa todo eso. Y por eso hablamos tanto de esas cosas. Señal de que todo eso es lo que nos apasiona. ¿Y de Dios? ¿No tenemos nada que decir?
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Seguramente, y sin darnos cuenta de lo que ocurre, la pura verdad es que de Dios hablamos. Pero lo hacemos de forma que damos de él una imagen lamentable. Con nuestras divisiones, conflictos y enfrentamientos, con nuestros insultos y mututas agresiones, con las cosas extravagantes que decimos y hacemos, con todo eso, lo que pasa es que muchos ciudadanos terminan pensando y diciendo que hablar con "gente religiosa" es hablar con "gente rara", gente que vive en "su mundo". Porque no tenemos los pies en la tierra, sino que, con frecuencia, damos la impreisón de andar por las nubes. Así, lo que conseguimos, es dar una imagen de Dios que resulta lamentable, desagradable, sospechosa, quizá insoportable.
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Y entonces pasa lo que estamos viendo: es ya demasiada la gente que "puentea" a la Iglesia, pasa por encima de ella, precinde de obispos, curas y teologías, y prefiere entenderse directamente, y como puede, con Dios.
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¿Por qué no hablamos más de Dios? ¿Es que no sabemos hablar de eso? ¿Es que nos da miedo? ¿Es que no tenemos nada que decir sobre esa cuestión fundamental? Jesús habló constantemente del Padre porque hablaba constantemente con el Padre. Nuesto silencio sobre Dios es la denuncia más fuerte de nuestra falta de experiencia de Dios. Si lo que de verdad nos apasiona en la vida es la política, el dinero, los cargos, ascensos y dignidades, ¿cómo vamos a poder hablar de Dios?
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EL FANATISMO: PELIGRO DE ALTA TENSIÓN

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Por desgracia, es frecuente encontrar en la vida gente fanática. Hay fanáticos en el mundo del pensamiento, del deporte, de la política... Y por supuesto, también en la religión. Sobre todo, cuando política y religión se refuerzan mutuamente. En ese caso, el fanatismo desemboca inevitablemente en las formas más aberrantes de violencia. Pero, ¡antención!, no nos engañemos hablando de este asunto con ligereza. Uno de los estudiosos, que ha analizado con más seriedad el fenómeno del fanatismo, ha sido Amos Oz, reconocido intelectual comprometido con el proceso de paz en Oriente Medio. Pues bien, este escritor israelí, galardonado por sus trabajos sobre este espinoso problema, ha dicho acertadamente que "el fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera".
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Fanatismo viene del término latino fanum, que significa sagrado, era (en la religión romana) un lugar sagrado. De ahí que profano es lo que está fuera del espacio sagrado. Por lo tanto, se puede afirmar que fanatismo es la postura y la convicción de quien hace de sus ideas algo literalmente sagrado, por más que él no se dé cuenta de lo que hace. Y, como es lógico, el que hace de sus ideas o de sus preferencias una "realidad sagrada", por eso mismo convierte sus ideas y sus gustos en algo intocable, incuestionable, indiscutible. Lo cual ya es molesto y suele ser origen de conflictos y situaciones conflictivas en las que hablar con calma y sosiego, dialogar en paz y con buena voluntad, todo eso resulta sencillamente imposible.
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Pero en el fanatismo hay algo peor y mucho más peligroso. El citado Amos Oz se ha dado cuenta de lo más destructivo que entraña el fanatimso y lo ha formulado así: "Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar". Aquí está el verdadero problema. Porque quien va por la vida pretendiendo obligar a los demás a que cambien de ideas, de convicciones, de preferencias, de conducta..., quien hace eso en la vida es inavitablemente una persona que va faltando al respeto, agrediendo a todo el que no piensa o vive como él, despreciando a mucha gente y, si es necesario, un individuo puede terminar siendo un auténtico terrorista. Un terrorista que a lo mejor no pone bombras, ni mata a nadie. Pero bien sabemos que hay terroristas del espíritu, que se sienten con derecho a insultar, ofender, humillar, despreciar, denunciar, amargarle la vida a otras personas. Y, además, hacen todo eso tan tranquilos. Más aún, con la conciencia de que es eso lo que tienen que hacer.
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Desgraciadamente, los terroristas del espíritu abundan en las religiones. Cosa temible. Porque pueden llegar a ser las peorres personas del mundo con la mejor conciencia del mundo. No sé si este tipo de gentes tienen solución. Lo dudo mucho. Sea lo que sea de este asunto, lo que es seguro es que los terroristas del espíritu son los que más daño le hacen a la causa de Dios. He ahí por qué he dicho que el fanatismo es un peligro de alta tensión.
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lunes, 7 de febrero de 2011

LA ESCANDALOSA TOLERANCIA DE JESUS

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Si nos atenemos a lo que cuentan los Evangelios, nos llevamos la sorpresa de que Jesús fue escandalosamente tolerante con personas y grupos con los que ningún hombre, reconocido como observante y ejemplar desde el punto de vista religioso, podía ser tolerante. Al tiempo que se mostró extremadamente crítico con aquellos que se veían a sí mismos como los más fieles y los más exactos en su religiosidad. Jesús fue tolerante con los publicanos y pecadores, con las mujeres y con los samaritanos, con los extranjeros, con los endemoniados, con las muchedumbres del gentío (óchlos), una palabra dura que designaba a la "plebe que no conocía la Ley y estaba maldita", a juicio de los sumos sacerdotes y de los fariseos observantes (Jn VII, 49; cf. VII, 45). Y es curioso, pero esa gente es la que aparece constantemente acompañando a Jesús, escuchándole, buscándole.... Los relatos de los evangelios son elocuentes en este punto concreto y repiten muchas veces que el "gentío", la "muchedumbre"... era la que buscaba a Jesús, la que le oía, la que estaba cerca de él. Y aquella mezcla de Jesús con el "gentío" llegó a ser tan agobiante, que hasta la familia de Jesús llegó a pensar que había perdido la cabeza (Mc III, 21). Jesús compartía mesa y mantel con gente pecadora, lo que daba pie a murmuraciones por causa de semejante conducta (Lc XV, 1 s). Jesús siempre defendió a las mujeres, por más que fueran mujeres poco ejemplares. Hasta llegar a decir que los publicanos y las prostitutas entraban antes que los sumos sacerdotes en el Reino de Dios (Mt XXI, 31). Jesús defendió a una famosa prostituta en casa de un conocido fariseo (Lc VII, 36-50). Como defendió el derroche de perfume que hizo María en la cena de homenaje que le hicieron a Jesús (Jn XII, 1-8). Y sabemos que, cuando iba de pueblo en pueblo por Galilea, le acompañaban, no sólo los discípulos y apóstoles, sino también bastantes mujeres, entre ellas la Magdalena, de la que había expulsado siete demonios (Lc VIII, 1-3). Jesús siempre se puso de parte de los cismáticos y despreciados samaritanos, hasta poner como ejemplo de humanidad a uno de ellos, frente a la dureza de corazón del sacerdote (Lc X, 30-35).
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Con lo dicho hay suficiente para hacerse una idea de lo "escandalosa" que tuvo que resultar la tolerancia de Jesús. Ser tolerante con los que viven y piensan como cada cual vive y piensa, eso no es sino sentido común. El problema está en saber con qué tenemos que ser tolerantes. Y qué cosas no se deben tolerar. Por supuesto, aquí tocamos un tema extremadamente difícil de precisar y delimitar con exactitud. Por eso entiendo que haya personas que entran en el blog y expresan sus desacuerdos con lo que yo escribo. Los entiendo perfectamente. Y me parece que es bueno que todo el que entre en este blog se sienta con libertad para decir lo que piensa, con tal que eso se haga con argumentos y razones, nunca agrediendo o humillando al que no se ajusta a mis puntos de vista. Pero con eso, nada más, no tocamos el fondo del problema.
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Yo creo que todo depende de aquello que para cada cual es "intocable". Dado que estamos en un blog de Teología, la cuestión que, a mi modo de ver, habría que afrontar es la siguiente: desde el punto de vista del Evangelio, "lo intocable" ¿es "lo religioso" o es "lo humano"? Pienso que es capital , para un creyente en Jesucristo, tener bien planteada y bien resuelta esta pregunta. De sobra sabemos que, por salvaguardar los derechos de la Religión, a veces, no se respetan los derechos humanos. Por defender un dogma, se ha quemado al hereje. Como por asegurar un criterio moral, se ha metido en la cárcel al homosexual o se apedrea a una adúltera. Es sintomático que los enfrentamientos, que, según los Evangelios, tuvo y mantuvo Jesús, fueron con gente muy religiosa, al tiempo que se llevó bien con los grupos humanos que la Religión despreciaba o perseguía. Es evidente que, para Jesús, su relación con el Padre del Cielo era lo central. Pero lo que pasa es que Jesús entendía al Padre del Cielo de forma que ese Padre no hacía diferencias. Y por eso es el Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos; y manda la lluvia sobre justos y pecadores (Mt V, 45). Porque es humano necesitar el sol y necesitar la lluvia. Cosas que, por lo visto y a juicio de Jesús, son más intocables que la "bondad" de unos o la "maldad" de otros.
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¿Que todo esto entraña sus peligros? Sin duda alguna. Pero a mí, por lo menos, me parece que es mucho más peligroso dividirnos y enfrentarnos por motivos religiosos, de forma que tales motivos justifiquen las mil intolerancias que hacen la vida tan desagradable y hasta puede ser que la lleguen a hacer sencillamente insoportable. Eso nos hace daño a todos. Y además daña -y mucho- a la Religión. ¿Por qué, si no, la Religión se ha hecho tan odiosa para no pocas personas, muchas de las cuales sabemos que son gente honrada a carta cabal? Las Religiones tendrán que pensarse este asunto. Y tendrán que hacerlo de prisa y con toda honestidad, si es que quieren que la historia no las arrolle y las deje tiradas en las cunetas de los muchos caminos de este mundo.
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domingo, 6 de febrero de 2011

Un tercio de los teólogos de habla alemana exige el fin del celibato, el sacerdocio de la mujer, se muestra favor de la inclusión de parejas del mismo

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La crisis ya es insostenible… y como sigan ciegos y sordos a lo que ya es un clamor en las bases católicas, la jerarquía va camino del abismo… Si hasta el portavoz de la Conferencia Episcopal Alemana, ante el horror de la Caverna, reconoce lo positivo del manifiesto. Pero el Papa alemán mirando hacia otro lado…
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Revolución en la patria de Ratzinger. Un tercio de los teólogos católicos de habla alemana residentes en Alemania, Suiza y Austria (144 profesores de Teología católica), han suscrito un manifiesto en el que exigen profundas reformas de la Iglesia Católica, que incluyen, entre otras, el fin del celibato, el sacerdocio femenino y la participación popular en la elección de obispos.
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Los firmantes suponen mas de un tercio de los 400 teólogos del área de habla alemana, según revela hoy el rotativo Süddeutsche Zeitung, en el que se afirma que su cifra sería mayor si muchos no hubiesen negado su rúbrica por miedo a represalias.
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La iniciativa supone además el mas importante alzamiento contra la cúpula de la Iglesia Católica desde hace 22 años, cuando 220 teólogos suscribieron en 1989 la llamada Declaración de Colonia, crítica con el gobierno de la iglesia ejercido por Juan Pablo II.
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La profesora de Teología de Münster Judith Könemann, una de las ocho personas redactoras del manifiesto, reconoce que se hubiesen conformado con 50 firmas, pero subraya que el amplio eco demuestra que han “tocado un nervio”, en declaraciones el citado rotativo.
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Entre los firmantes destacan prestigiosos profesores eméritos como Peter Hünermann y Dietmar Mieth, viejos luchadores por las reformas como Heinrich Missalla y Friedhelm Hengsbach, progresistas como Otto Hermann Pesch o Hille Haker, pero también conservadores como Eberhard Schockenhoff.
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Redactado con los escándalos de pederastia en el seno de la Iglesia Católica como trasfondo, el texto es prudente y alaba también el llamamiento de los obispos a un diálogo abierto.
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Tras explicar que se ven “en la responsabilidad de hacer una aportación a un nuevo comienzo real”, la tesis central del memorando subraya que la Iglesia Católica solo “puede anunciar al liberador y amante Dios Jesucristo”, cuando ella misma “es un lugar y un testigo creíble del mensaje de liberación del Evangelio”.
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Debe reconocer y fomentar “la libertad del hombre como criatura de Dios”, respetar la conciencia libre, defender el derecho y la justicia y criticar las manifestaciones que “desprecian la dignidad humana”.
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Sus exigencias, que prudentemente califican de “retos”, incluyen “mayores estructuras sinodales en todos los niveles de la iglesia” y la participación de los fieles en la elección de sus obispos y párrocos.
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El manifiesto subraya que la Iglesia Católica necesita “también sacerdotes casados y mujeres en el oficio eclesiástico, señala que la falta de sacerdotes fuerza la existencia de parroquias cada vez mayores y lamenta que los sacerdotes sean “quemados” ante estas circunstancias.
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Igualmente destaca que la defensa legal y la cultura del derecho” en la Iglesia deben “mejorar urgentemente” y comenta que la elevada valoración del matrimonio y el celibato suponen “excluir a personas que viven el amor, la fidelidad y la preocupación mutua en una relación estable de pareja del mismo sexo o como divorciados casados en segundas nupcias.
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El manifiesto critica además el “rigorismo” de la Iglesia Católica y subraya que no se puede predicar la reconciliación con Dios sin crear las condiciones para una reconciliación con aquellos “ante los que es culpable: por violencia, por negar el derecho, por convertir el mensaje bíblico de libertad en una moral rigurosa sin misericordia”.
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A la tormenta del pasado año (en referencia a los escándalos de pederastia) no puede seguir tranquilidad alguna”, afirma el texto, que considera que “en las circunstancias actuales solo puede ser la tranquilidad de la sepultura”.
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Y tras exigir diálogo y comentar que el miedo no es buen consejero, recuerda que los cristianos han sido “llamados por el Evangelio a mirar con valor hacia el futuro y como el llamamiento de Jesús a Pedro para caminar sobre las aguas: ‘¿por que tenéis miedo? ¿es vuestra fe tan pequeña?’”.
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viernes, 4 de febrero de 2011

LA TOLERANCIA, AHORA MAS NECESARIA QUE NUNCA

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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No pretendo cortar con mis modestos y sencillos recuerdos de la historia del cristianismo, de la Iglesia y de su teología. Eso es ahora quizá más necesario que nunca. Y precisamente por eso, porque es tan necesario y tiene tanta actualidad, por eso me parece conveniente decir hoy algo sobre la tolerancia. Porque tengo la fundada impresión de que, cuando se sacan a la luz determinados recuerdos del pasado, sucede exactamente lo mismo que cuando se agitan los bajos fondos estancados bajo una superficie aparentemente limpia: el agua estancada huele mal. Y hay muchas personas que no soportan olores demasiado fétidos. La reacción, entonces, es la intolerancia, echando mano, si es preciso, de un clavo ardiendo.
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A mí me parece que tenía razón A. Sajarov cuando dijo que "la intolerancia es la angustia de no tener razón". El eminente físico ruso, que fue Sajarov, experimentó en sus propias carnes lo que representa en la vida la intolerancia de quienes carecían de razones para prohibirle acudir a Oslo a recoger el Nobel de la Paz. Por otra parte, la certera formulación de Sajarov sobre la intolerancia se palpa cada día con más fuerza. Porque cada día hay más gente que vive la angustia de no tener razón para oponerse a cosas que no está dispuesta a tolerar. ¡Amigos internautas!, "estamos tocando el fondo".
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Viendo las cosas con los ojos de la fe, uno se acuerda enseguida del texto más sencillo y más profundo que se ha escrito sobre la tolerancia. Me refiero a la parábola de la cizaña (Mt XIII, 24-30). Comentando esta parábola, escribió Erasmo, en su Paráfrasis de san Mateo, esta reflexión tan profundamente humana: "Los siervos que quieren segar la cizaña, antes del tiempo para eso, son aquellos que piensan que los falsos apóstoles y los heresiarcas deben ser eliminados por la espada y los suplicios. Pero el dueño del campo no quiere que se les destruya sino que se les tolere, pues quizá se enmienden y, de la cizaña que eran, se tornen trigo. Si no se enmiendan déjese a su juez el cuidado de castigarlos un día.... Mientras tanto, hay que tolerar a los malos mezclados con los buenos, puesto que habría más daño en suprimirlos que en soportarlos".
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Erasmo tenía -y sigue teniendo-, en este asunto, toda la razón del mundo. Por dos motivos, sobre todo: 1) Porque, si es que somos creyentes o, al menos, nos queda algo de sentido común, lo más serio que podemos hacer es "dejar a Dios ser Dios", es decir, el juicio le corresponde a Dios. Y nadie tiene derecho a usurparlo y apropiárselo. Dejemos, pues, que sea Dios quien dicte sentencia sobre quién es trigo y quién es cizaña. 2) ¿Es malo que convivan el trigo y la cizaña? Peor es ir por la vida con la pretensión de que soy yo el que veo las cosas como son y tengo siempre la razón. ¿Por qué es eso lo peor? Porque lo más determinante en la vida no son las "verdades", sino las "convicciones". Las mil guerras y batallas de la verdad contra el error han ensangrentado demasiadas páginas de la historia. Y ¿para qué? Para causar espantosos sufrimientos y no arreglar nada. Sin embargo, ¿quiénes son los que más han influido en la vida de los pueblos y han cambiado -para bien o para mal- el destino de los pueblos? Los que han sido marcados con la fuerza de las más profundas convicciones.
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El que está convencido de una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no está convencido de tal cosa.
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He dicho (y repito) que ahora necesitamos más que nunca la tolerancia. Porque el trigo y la cizaña están ahora más mezclados de lo que imaginamos. Y más que se van a mezclar. Por eso, sin duda alguna, la vieja "rabies theológica" (de la que tanto se habló en los ambientes eclesiásticos medievales) está ahora más floreciente que nunca. Por eso, a quienes insultan y ofenden, a quienes ridiculizan y atacan asestando el golpe donde más duele, yo les pregunto: ¿es que no tienen más argumentos que el insulto y la ofensa? ¿no tienen otras razones de las que echar mano? Los que así proceden, sólo hacen ostentación de una sola cosa: de la enorme angustia que segrega en ellos la intolerancia.
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lunes, 31 de enero de 2011

EL SACRAMENTO DEL "ORDEN" ¿ENTRAÑA UNA CONTRADICCION?

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Expliqué en el post anterior que todos los autores del Nuevo Testamento evitaron cuidadosamente utilizar el término "sacerdote" para designar a los ministros o responsables de las comunidades cristianas. Y es importante recordar que esta actitud se mantuvo hasta el siglo III. Como es lógico, si en la Iglesia de los dos primeros siglos se cuidó evitar esta designación, por algo sería, es decir, alguna rezón tendrían aquellas comunidades para no utilizar jamás el título de "sacerdote" cuando se referían a los líderes de las comunidades. Esto da que pensar. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, como no podía ser de otra manera, todos los grupos religiosos de la antigüedad tenían naturalmente una nomenclatura (consagrada y aceptada) para designar a sus cuadros de mando. Sin embargo -y por más sorprendente que pueda parecer-, las primeras comunidades de la Iglesia tomaron, para designar a los cargos en las comunidades, nombres tomados de las instituciones civiles. Así: apostoloi (enviados, mensajeros); prophetai (profetas, que con frecuencia eran laicos); poimenes (pastores); euangelistês (el que lleva buenas noticias); episkopoi (obispos), que eran los "vigilantes", "inspectores" o "gobernadores": presbyteroi (presbíteros), personas honorables y que en Asia Menor y Egipto designaban a los que presidían en una corporación; proistámenoi (los que presidían) (Rom XII, 8; 1º Tes V, 12); egoúmenoi (dirigentes) (Heb XIII, 7; Hech XV, 22); diakonoi (sirvientes o camareros); douloi (siervos o esclavos) (Rom I, 1; 2º Cor VI, 4; Col I, 25...; cf. Mc X, 45 par).
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La Iglesia naciente no toleró títulos "sagrados", sino nombres o calificativos "civiles" y, en ese sentido, "laicos". Nos guste o no nos guste, así fue. Y lo lógico es pensar que esto no pudo ser mera casualidad. Sin duda, esto tiene su lógica relación con el título mismo de "Iglesia", que es la versión a nuestra lengua del término griego ekklesía, la palabra técnica que se utilizaba en Grecia para designar a la asamblea de ciudadnos libres, reunidos para tomar democráticamente sus decisiones.
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Nada de esto impedía creer en Jesús el Señor. Y ser testigos de la fe. Es más, sin duda alguna, los primeros cristianos vieron que era así cómo tenían que denominarse y hacerse presentes en la sociedad del Imperio.
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Precisando más: en la primera mitad del s. III, los ministros de las comunidades empezaron a utilizar los términos "orden" y "ordenación". Ahora bien, estos términos remitían, ya entonces y sobre todo entonces, a las ideas de "honor", "dignidad" y "potestad". En efecto, el "ordo" y la "ordinatio" eran, en aquel tiempo, conceptos clave en la organización de la sociedad. Porque eran los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo del emperador. El "ordo" tenía, en el imperio romano, la significación de "clase social", de manera que existían tres "ordines": el orden de los senadores (ordo senatorum) y el orden de los caballeros (ordo equitum), que se situaban claramente sobre la plebe o pueblo llano (ordo plebeius) (Pauly-Wissowa, 18/1, 930-936). Es claro que los ministros de las comunidades, en el s. III, se apropiaron el "orden" y la "ordenación", como títulos de dignidad y supremacía, para diferenciarse de la gente sencilla y, por tanto, de la comunidad. En buena medida, se puede decir que el derecho y la cultura del imperio fueron más determinantes que el Evangelio. Jesús había reprendido insistentemente a los discípulos y apóstoles por sus pretensiones de ser los más importantes, de situarse los primeros (Mc X, 35-45 par; Mc IX, 33-37 par). El criterio de Jesús es que los primeros tenían que situarse como los últimos (Mt XX, 16; Mc X, 31). En este sentido, la Iglesia tendría que ser la subversión del "orden" de este mundo. Pero el "clero", como "porción escogida", no quiso que fuera así.
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Como es lógico, toda institución que pretenda perpetuarse ha de tener un mínimo de organización, una estructura. Pero eso se puede hacer de muchas maneras. Jesús no quiso, en el movimiento que el ponia en marcha, reproducir los modelos organizativos de los poderes de este mundo. Y, con claridad y firmeza, los primeros cristianos entendieron que la Iglesia no tiene por qué ser guiada por "hombres sagrados" o "consagrados". Pero el hecho es que en la Iglesia trastornó el ideal utópico de Jesús. El ideal de quien está convencido que todo el que sube, por eso mismo, divide; mientras que todo el que baja, por eso mismo, une. Ya el autor de la primera carta de Pedro se dio cuenta del peligro que acechaba, a las comunidades de la Iglesia, cuando, dirigiéndose "a los responsables de las comunidades", les dijo: "cuidad del rebaño de Dios que os han confiado, cuidando de él no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por por sacar dinero, sino generosamente; no tiranizando a los que os han confiado, sino haciéndoos modelos del rebaño" (1º Pe V, 1-3).
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Algunos comentarios al post anterior han dado a entender que en la Iglesia, desde el Nuevo Testamento hasta hoy, se ha ha producido un "desarrollo del dogma". Pero, ¿podemos los cristianos admitir un " desarrollo" que resulta contradictorio con el Evangelio?
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lunes, 24 de enero de 2011

¿Y SI NOS QUEDAMOS SIN SACERDOTES?

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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La semana pasada escribí en este blog una entrada en la que recordé cómo la Iglesia del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la "llamada de Dios" para que un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En los primeros diez siglos de la Iglesia, se pensaba que la vocación es la "llamada de la comunidad" para que un cristiano fuese ordenado sacerdote. Pero ocurre que, en este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados. Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas en la Iglesia, entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las necesidades espirituales de los católicos.
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Así están las cosas en este momento. Los obispos -ya lo han dicho los alemanes- no están dispuestos a suprimir la ley del celibato. Y menos aún estarían dispuestos a tomar decisiones más radicales en cuanto se refiere al clero, especialmente por lo que respecta a la necesidad de que en la Iglesia haya sacerdotes para administrar los sacramentos. Yo no sé si los obispos van a ceder en este delicado asunto. Y si ceden, cuándo lo harán. Sea lo que sea de todo esto, me parece que ha llegado el momento de afrontar esta pregunta: ¿y si llega el día en que nos quedemos prácticamente sin sacerdotes? ¿sería eso el derrumbe total de la Iglesia?
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El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles. Pero aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc VIII, 1-3; Mc XV, 40-41). La muerte de Jesús en la cruz no fue un ritual religioso, sino la ejecución civil de un subversivo. Por eso la Carta a los hebreos dice que Cristo fue sacerdote. Pero este escrito es el más radicalmente laico de todo el Nuevo Testamento. Porque el sacerdocio de Cristo no fue "ritual", sino "existencial". Es decir, lo que Cristo ofreció, no fue un rito ceremonial en un templo, sino su existencia entera, en el trabajo, en la vida con los demás y sobre todo en la horrible muerte que sufrió. Para los cristianos, no hay más sacerdocio que el de Cristo, que consiste en que cada uno viva para los demás. Ni más ni menos que eso. El sacerdocio cristiano, tal como se vive en la Iglesia, no tiene fundamento bíblico ninguno. Por eso en la Iglesia no tiene que haber hombres "consagrados". Lo que tiene que haber es hombres y mujeres "ejemplares". El "sacerdocio santo" y el "sacerdocio real" del que habla la 1º Carta de Pedro (I, 5. 9) es una mera denominación "espiritual" de todos los cristianos.
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Además, en todo el Nuevo Testamento jamás se habla de "sacerdotes" en la Iglesia. Es más, está bien demostrado que los autores del Nuevo Testamento, desde san Pablo hasta el Apocalipsis, evitan cuidadosamente aplicar la palabra o el concepto de "sacerdote" a los que presidían en las comunidades que se iban formando. Esta situación se mantuvo hasta el siglo III. O sea, la Iglesia vivió durante casi doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero nunca se dice que la presidiera un "sacerdote". En las comunidades cristianas había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se les consideraba hombres "sagrados" o "consagrados". En el s. III, Tertuliano informa de que cualquier cristiano presidía la eucaristía (De exhort. cast. VII, 3).
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¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que la Iglesia sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús: un movimiento profético, carismático, secular. El clericalismo, los hombres sagrados y los consagrados han alejado a la Iglesia del Evangelio y del pueblo. Así lo ve y lo dice la gente. La Iglesia se pensó que, teniendo un clero abundante y con prestigio, sería una Iglesia fuerte, con influencia en la cultura y en la sociedad. Pero a los hechos me remito. Ese modelo de Iglesia se está agotando. No podemos ignorar todo el bien que los sacerdotes y los religiosos han hecho. Y el que siguen haciendo. Pero tampoco podemos olvidar los escándalos y violencias que en la Iglesia se han vivido y de los que el clero, en gran medida, ha sido responsable.
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Pero lo peor no es nada de eso. Lo más negativo, que ha dado de sí el modelo clerical de la Iglesia, es que quienes han tenido el "poder sagrado", se han erigido en los responsables y, de las "comunidades de creyentes", han hecho "súbditos obedientes". La Iglesia se ha partido, se ha dividido, unos pocos mandando y los demás obedeciendo. En la Iglesia debe haber, como en toda institución humana, personas encargadas de la gestión de los asuntos, de la coordinación, de la enseñanza del mensaje de Jesús... Pero, una de dos: o Jesús vivió equivocado o los que andamos equivocados somos nosotros.
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Por supuesto, el final del clero no se puede improvisar. Probablemente el cambio se va a producir, no por decisiones que vengan de Roma, sino porque la vida y el giro que ha tomado la historia nos van a llevar a eso: a una Iglesia compuesta por comunidades de fieles, conscientes de su responsabilidad, unidos a sus obispos (presididos por el obispo de Roma), respetando los diversos pueblos, naciones y culturas. Y preocupados sobre todo por hacer visible y patente la memoria de Jesús. Ya son muchas las comunidades que, por todo el mundo, a falta de clérigos, son los laicos los que celebran ellos solos la eucaristía. Porque son muchos los cristianos que están persuadidos de que la celebración de la eucaristía no es un privilegio de los sacerdotes, sino un derecho de la comunidad. El proceso está en marcha. Y mi convicción es que nadie lo va a detener. Termino afirmando que, si digo estas cosas, no es porque me importe poco la Iglesia o porque no la quiera ver ni en pintura. Todo lo contrario. Precisamente porque le debo tanto y me importa tanto, por eso, lo que más deseo es que sea fiel a Jesús y al Evangelio.
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viernes, 21 de enero de 2011

LA ALARMENTE ESCASEZ DE VOCACIONES EN LA IGLESIA

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Me refiero concretamente a las vocaciones para el presbiterado. Lo estamos viendo y palpando: cada día hay menos seminaristas, menos curas y muchos de los que van quedando son ya mayores con las consiguientes e inevitables limitaciones que eso lleva consigo. Las estadísticas en Europa, Estados Unidos e incluso ya en América Latina son muy preocupantes. A este paso, dentro de diez años, la situación será insostenible.
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Por otra parte, la Iglesia entera debería tener siempre muy presente la severa afirmación que hizo el concilio Vaticano II: "todos los fieles cristianos tienen el derecho de recibir de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos" (LG 37, 1). Un derecho que además quedó recogido y ratificado en CIC, canon 213. Ahora bien, este derecho se está quebrantando gravemente en este momento porque, como es bien sabido, hay miles de pueblos y aldeas en los que no hay un sacerdote que enseñe el catecismo, que explique el Evangelio, que celebre la eucaristía, que visite a los enfermos, que atienda a los necesitados, etcétera.
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Así las cosas, la pregunta que hay que hacerse es la siguiente: ¿tiene la jerarquía eclesiástica autoridad para establecer unas condiciones, de acceso al ministerio presbiteral, que, tal como hoy está la vida y la sociedad, de esas condiciones se sigue inevitablemente que a miles y miles de cristianos se les priva de un derecho que es inherente a la condición misma y al ser del cristiano? Por tanto, ¿no hay motivos suficientes para pensar que la jerarquía eclesiástica está abusando de un poder que entra en conflicto con un derecho fundamental de los fieles cristianos?
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La respuesta a estas preguntas no se puede despachar con la fácil escapatoria de quienes dicen que la falta de vocaciones no depende de los obispos, sino que es un problema cuyas raíces están en la secularización de la sociedad, en el laicismo imperante, en la educación atea que se les da a tantos jóvenes, en el hedonismo y materialismo que invaden las costumbres, etc. ¿Qué más quisiéramos que tener muchas y buenas vocaciones sacerdotales? Pero, ¿si Dios no las manda...? ¿O si lo que ocurre es que los jóvenes no responden a la llamada divina? ¿Qué podemos hacer nosotros ante un problema cuya solución no depende de nosotros?
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Insisto en que este tipo de razonamientos no son sino una fácil escapatoria. Tan fácil como falsa. ¿Por qué? Porque la jerarquía eclesiástica puede perfectamente modificar las condiciones de acceso al ministerio ordenado. Otra cosa es que se considere intangible el procedimiento actual. Y el actual concepto que tenemos de lo que es una vocación al ministerio eclesiástico. ¿Estamos seguros de que esto es lo que Dios quiere?
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No podemos tener esta seguridad. Por la sencilla razón de que en la Iglesia, durante siglos, las cosas se hicieron de otra manera. Es decir, durante cientos de años, fue distinta la idea que se tenía de lo que es una vocación al sacerdocio. Y fue distinto, por tanto, el procedimiento para elegir y designar a quienes podían y debían ser ordenados de presbíteros o de obispos. Hoy tenemos la idea de que la vocación es una "llamada de Dios", a la que, quien es llamado, debe responder con generosidad. Hasta el siglo XI, no era básicamente una llamada de Dios, sino una "llamada de la comunidad" cristiana. De forma que está abundantemente documentado que quienes se presentaban al obispo diciendo que habían sentido la llamada del Señor, a esos precisamente era a los que normalmente nunca se ordenaba. Mientras que la norma establecida era que las ordenaciones sacerdotales, en la Iglesia antigua, tenían que ser ordenaciones "invitus" y "coactus", es decir, las ordenaciones de aquellos que se resistían, que no querían, ser ordenados. Y lo eran porque era la comunidad la que veía y discernía quién era o no era el sujeto adecuado para ejercer el ministerio pastoral. Además, es importante saber que esta práctica no era una "recomendación", sino una "norma" establecida en los sínodos y en los concilios; la norma que, por todas partes, enseñaban los padres de la Iglesia y explicaban los teólogos. La enorme documentación, que existe sobre este asunto, ha sido recogida y razonada, entre otros, por Y. Congar ("Ordinations invitus, coactus de l’Église antique au canon 214"; en la "Rev. Sc. Phil. Et Théol." 50 (1966) 169-197). Todavía el "Decreto" de Graciano (s. XI) recoge la tradición de los siglos anteriores con esta fórmula: "Locus regiminis, sicut desiderantibus est negandus, ita fugientibus est offerendus" (can. 9, q. 1 C. VIII (col. 592)): "El puesto de gobierno, así como ha de ser negado a quienes lo desean, se debe ofrecer a los que lo rechazan".
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Era otra mentalidad. Ser cura, ser obispo, no era una dignidad ni un honor, sino una carga. Y una carga pesada. Esto, ante todo. Pero, más que nada, lo que se tenía en cuenta era el criterio y el juicio de la comunidad (parroquia, diócesis), en la que iba a ejercer el ministerio el nuevo candidato. Y, como es lógico, quienes mejor sabían quién era el sujeto que mejor reunía las condiciones convenientes para la parroquia o la diócesis, eran los ciudadanos y feligreses con los que el candidato iba a trabajar. Era, por tanto, otro modelo organizativo de Iglesia. Una Iglesia menos centralizada, que miraba más al pueblo que a Roma o a la Curia Diocesana. Y era, en consecuencia, una Iglesia cercana, unida y hasta fundida con el pueblo, con la gente, con las necesidades y esperanzas de los fieles cristianos. Es evidente que todo esto se podría hacer hoy. Se tendría que hacer ya. Y si no se hace, me parece que tenemos razones suficientes para pensar que el motivo del actual inmovilismo, ante una situación tan grave y tan preocupante, no es otro que el deseo de mantener un poder sobre la gente, sobre los laicos, de los que la jerarquía no se fía y cuyas necesidades, carencias y esperanza no toma en serio. Se tiene miedo a que la gente pida que se ordene de sacerdote a un hombre casado. Se tiene más miedo aún a que la gente quiera que se ordene a una mujer. Y así sucesivamente. ¿Por qué tantos miedos? ¿Y no nos da miedo la soledad, el desprestigio y el desamparo en que se está quedado la Iglesia?
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lunes, 17 de enero de 2011

PREMIOS Y CASTIGOS DE LA "OTRA VIDA"

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Las personas que tienen creencias religiosas suelen decir que quienes (al morir) se van de "esta vida", pasan así a la "otra vida", los buenos al cielo y los malos al infierno. A lo que se suele añadir una precisión: en el cielo sólo pueden entrar los que llegan allí enteramente purificados y para eso está el purgatorio.
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La creencia en la otra vida resulta comprensible si tenemos en cuenta las muchas limitaciones que tiene esta vida. Siempre ha existido gente (mucha gente) que anhela la felicidad sin límites. Como hay gente que, habida cuenta de tantas injusticias como hay en este mundo, esperan que Dios castigue a los malos y canallas en el otro mundo. Parece lógico, por tanto, que haya gente que alimenta creencias en premios y castigos más allá de la muerte.
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Así las cosas, lo primero que conviene tener en cuenta, al hablar de este oscuro y complicado asunto, es que las creencias relativas a la otra vida tienen lógicamente consecuencias (para bien o para mal) en esta vida. Lo más seguro es que, por ejemplo, cuando el franciscano Maximiliano Kolbe se dejó matar para salvar a un compañero, en un campo de concentración de la última guerra mundial, tomó aquella decisión ejemplar motivado por el amor cristiano y por la esperanza en la felicidad de la vida futura. Como también se puede dar por seguro que los pilotos camicaces, que se mataron matando a miles de personas en la Torres Gemelas de Nueva York, cometieron semejante atrocidad por motivaciones políticas reforzadas, en última instancia, por el deseo de llegar al paraíso celestial. No cabe duda que la esperanza en la otra vida puede ser un estímulo para el bien o una amenaza para el mal.
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Por eso no es de extrañar que los predicadores de la "otra vida" hayan utilizado tantas veces el argumento del cielo y del infierno para motivar a los fieles, unas veces, para lograr objetivos ejemplares; y en otros casos para someter a los crédulos, para asustar a personas de buena voluntad o a gentes ingenuas, sin reparar en que, a base de sermones truculentos, han abrumado a no pocas psicologías débiles, han llevado a mucha gente a los confesionarios y hasta se ha negociado la otra vida mediante indulgencias que han dejado pingües beneficios, limosnas, herencias y otras ventajas de mayor o menor cuantía.
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¿Qué hay después de la muerte? Como es lógico, todo lo que trasciende esta vida pertenece al ámbito de lo trascendente. Y lo trascendente es, por definición, lo que no está a nuestro alcance, o sea lo que no conocemos ni podemos conocer. Por tanto, ponerse a decir, determinar, precisar y explicar lo que ocurre después de la muerte es un alarde que entraña tanto atrevimiento como ingenuidad, ya que eso es lo mismo que hablar de lo que no sabemos, ni podemos saber. Pero, ¿no está todo eso dicho en la Biblia y en los libros sagrados? ¿no está definido por los Papas y los Concilios de la Iglesia? Seamos lógicos, sinceros y honestos. Todos los libros sagrados, incluida la Biblia, todo lo que han dicho los Papas y los Concilios, todo eso está dicho "desde la inmanencia" y, por tanto, es "inmanente". Es decir, todo eso no puede alcanzar aquellas realidades que, por definición, nos trascienden. En otras palabras, aquellas realidades que no están a nuestro alcance. Y si lo están, es que no se nos habla de "lo trascendente", sino de "lo inmanente", disfrazado de falsa "divinidad".
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La Fe no es un saber basado en argumentos demostrables por la evidencia. La Fe es una "convicción libre". En el caso de la fe cristiana, esa convicción lleva en sí la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra. Es la convicción de la pervivencia en una plenitud de vida, sin que podamos precisar más en que pueda consistir esa plenitud. Y en cuanto al infierno, si efectivamente Dios es justo, hará justicia, sin que podamos saber cómo se hará esa justicia. Pero hablar del infierno, como se suele hacer en los catecismos y sermones al uso, con todo el respeto del mundo, yo no creo que eso pueda ser verdad. Por una razón que, para mí al menos, es incontestable. El infierno, por definición, es un castigo eterno. Ahora bien, un castigo (sea el que sea) tiene razón de ser como "medio" para algo (corregir, mejorar, educar, defender a los inocentes...), pero nunca puede tener razón de ser como "finalidad" en sí mismo. Un castigo, así pensado y realizado, no puede tener su origen en la bondad, sino en la maldad. O sea, un castigo así, no puede haber sido pensado por Dios, ni puede ser mantenido por Dios. Un presunto castigo "divino", que al mismo tiempo se concibe como "eterno", es una contradicción en sí mismo. Porque lo "divino", que no se puede entender sino como bondad y fuente de bien, no puede ser causa y origen de un mal, que no tiene más finalidad en sí que hacer sufrir, o sea causar mal, daño y maldad. Porque si es "eterno", no es "medio" para ninguna otra cosa, sino algo cuya única finalidad es el sufrimiento sin fin. Hacer a Dios causante y responsable de eso es la agresión más brutal a "lo divino" que la mente humana ha podido inventar.
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En religión, se puede hablar de premios y castigos utilizando un lenguaje metafórico que pueda motivar a la gente para hacer el bien y evitar el mal. Tal es el sentido de los textos de los Evangelios que hablan del "fuego" eterno, del "rechinar de dientes", del "gusano de la conciencia" o de otras expresiones parecidas. Todo lo que sea pasar de eso y convertir las metáforas en lenguaje descriptivo de una realidad que está "arriba" o "abajo", en lo alto de los cielos o en las profundidades del abismo, todo eso no puede ser sino un lenguaje imaginativo del que no nos cabe certeza alguna. La finalidad de las religiones ha de centrarse en hacernos buenas personas, en que seamos respetuosos y honrados, honestos y sinceros, responsables y gente de buen corazón. Y quienes, además de todo eso, tengan una fe que les lleve a mantener viva la esperanza que trasciende el presente, si eso les motiva para ser aún más buena gente, entonces se podrá decir que la religión es cabal. Y es lo que tiene que ser. Con toda sinceridad confieso que lo que acabo de explicar forma parte del eje mismo de mis creencias religiosas.
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lunes, 10 de enero de 2011

LOS CURAS SE SUBEN OTRA VEZ AL PULPITO

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Acabo de regresar de Italia (Verona) donde he tenido un breve curso (sólo tres días) sobre la fe cristiana. Estos días de trabajo, y otros compromisos que tenía pendientes allí, han sido el motivo del paréntesis de silencio que ha sufrido este blog. Pido las debidas disculpas, por este silencio, a quienes suelen visitar el blog.
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Italia es un país en el que la presencia de la religión sigue siendo fuerte. Es un hecho que se palpa enseguida. Sin duda, la cercanía del Vaticano y la abundancia de pequeñas diócesis son dos hechos determinantes en la religiosidad de millones de italianos.
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Pero ocurre que, precisamente porque la religiosidad se nota más que en otros países, por eso mismo también se nota más y se percibe mejor la orientación que, en determinados sectores del pueblo, va tomando la práctica religiosa. Se trata de una orientación claramente regresiva. O para ser más preciso, cada vez que voy a Italia (y suelo ir dos o tres veces caño), me doy cuenta de la fuerza que van tomando dos fenómenos enormemente significativos: 1) Por una parte, se palpa que las prácticas religiosas tradicionales, no sólo se refuerzan, sino que además van en claro retroceso en el sentido de ir recuperando usos y costumbres que (quizá ingenuamente) creíamos definitivamente superadas. 2) Por otra parte, a medida que se recuperan prácticas religiosas de tiempos antiguos, casi en la misma medida aumenta el número de personas que anhelan y buscan otra forma de entender y practicar la vida cristiana, otra forma menos atada a determinadas prácticas medievales y más vinculada al Evangelio y a los primeros orígenes del cristianismo. Estos dos fenómenos son clarísimos y, por la información que tengo en este momento, creo que es en Italia donde mejor se advierten y más se notan estas dos tendencias, que, en no pocas cosas, van en direcciones estrictamente opuestas.
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Pues bien, si se presta algo de atención al primero de estos fenómenos, el de la recuperación e intensificación de las prácticas religiosas de antaño, una de las cosas que más me han sorprendido es que, en no pocas parroquias del noreste italiano (pienso, por ejemplo, en la diócesis de Údine, en la frontera con Austria), van abundando los curas que están utilizando otra vez los púlpitos para las homilías de las misas o simplemente para predicar sus sermones al pueblo fiel. Y es importante notar que hay mucha gente a la que le gusta eso. Es más, abundan las personas a quienes les encanta que el predicador se ponga ropajes especialmente solemnes y llamativos para echar su sermón.
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Esto me ha dado qué pensar. Porque no creo que la explicación del retorno a esta vieja costumbre haya que buscarla en la vanidad de los predicadores. Por supuesto, es evidente que un tipo, que se cuelga encima todos los ropajes que tiene a su alcance, por más que lo haga con el convencimiento de que así es cómo debe proceder, puede dar la impresión de que hace eso motivado por un mal disimulado orgullo. Pero el fondo del asunto no está en los sentimientos que pueda abrigar el predicador de turno. El problema está en lo que el púlpito representa en sí mismo. Lo más evidente que ocurre con el púlpito es que la predicación se separa del altar, es decir, la explicación del Evangelio se aleja de la Eucaristía. De forma que el Evangelio se convierte en "sermón"; y la Eucaristía se reduce a un "ritual" sagrado. Y entonces, en el sermón, el predicador se luce con su retórica; y, en el ritual, el sacerdote ejecuta un ceremonial que fomenta la devoción de unos, tranquiliza la conciencia de otros, pero, por lo general, a casi nadie le evoca lo que Jesús hizo y dijo en la cena aquélla en que se despidió de sus discípulos y amigos.
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¿Qué hemos hecho con el Evangelio? ¿Qué nos queda de la Eucaristía? ¿A dónde vamos por este camino? Según dicen los entendidos, el "púlpito" fue, originalmente, parte del escenario del teatro romano. La parte diferenciada de la "orchestra", es decir, la parte donde los actores recitaban y actuaban. ¿No estaremos haciendo de nuestras celebraciones litúrgicas una especie de teatro en el que todos pasamos un rato pero nadie se convierte?
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domingo, 9 de enero de 2011

9/1/2011: ¿ESTAMOS APAGANDO EL ESPIRITU? (Bautismo de Jesús - Mateo III, 13-17)

por José Antonio Pagola
(Teólogo)
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Aunque el relato evangélico habla de la inmersión de Jesús en el Jordán, lo decisivo no es este bautismo de agua que recibe de manos del Bautista, sino la acogida del Espíritu que el Padre envía sobre él.
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Según la mentalidad bíblica, este Espíritu hace vivir a Jesús desde el aliento vital de Dios, lleno de su amor y su fuerza creadora, entregado a liberar, transformar y potenciar la vida. Por eso, los primeros seguidores de Jesús lo recordaban como un Profeta que, “ungido por Dios con el Espíritu Santo…, pasó la vida haciendo el bien”. Este es el Espíritu que ha de alentar a quienes siguen sus pasos.
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La crisis religiosa de nuestros días se está extendiendo con tal radicalidad que la indiferencia está afectando ya a los mismos creyentes. Los indicios son cada vez más inquietantes. Hay analistas que denuncian el “ateísmo interior” que está diluyendo la fe de algunos que se dicen cristianos.
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La Iglesia no es un “espacio inmunizado”. Hay practicantes que de hecho no cuentan con Dios. Pueden pasar tranquilamente sin él. Dios no estimula su vida ni inspira su comportamiento. Viven una religión vacía de comunicación con Dios. En la práctica, Dios no existe para ellos. Sin advertirlo, se están instalando en la “cultura de la ausencia de Dios”.
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¿Vamos a permanecer pasivos ante esta extinción progresiva de la verdadera fe incluso dentro de nuestros hogares y comunidades? ¿No nos estamos haciendo cada vez más indiferentes a la indiferencia religiosa que parece invadirlo todo? ¿No ha llegado el momento de reaccionar?
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Tal vez, lo primero es tomar conciencia de que somos nosotros mismos los que podemos estar apagando el Espíritu dentro de la Iglesia con nuestra ceguera y pasividad. Movidos por el instinto de conservación, corremos el riesgo de dedicarnos a conservar el pasado quizás porque nos resulta más cómodo que vivir en permanente conversión, abiertos a la creatividad del Espíritu.
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Seguramente, hemos de cuidar más nuestro modo de relacionarnos con Dios, evitando formas superficiales y vacías, vividas sólo desde lo exterior, y que pueden ser formas de huir de su Misterio santo más que caminos para situarnos ante él en espíritu y en verdad.
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Parece más necesario que nunca promover esa “participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”, que el concilio Vaticano II urge “con deseo ardiente”, pues considera que es “la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano”. Revitalizar la celebración es reavivar la fe.
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martes, 4 de enero de 2011

SER CRISTIANOS

por Hans Küng
(Ed. Cristiandad, Madrid, 1977. Págs. 613-614)
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"La libertad es para la Iglesia a un tiempo don y tarea. La Iglesia puede y debe ser a todos los niveles una comunidad de hombres libres. Si quiere servir a la causa de Jesús, nunca puede ser una institución de poder o una Santa Inquisición. Sus miembros han de estar liberados para la libertad: liberados de la esclavitud a la letra de la Ley, del peso de la culpa, del miedo a la muerte; liberados para la vida, para el sentido de la vida, el servicio y el amor. Hombres que no tienen que estar sometidos más que a Dios, y no a poderes anónimos ni a otros hombres.
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Donde no hay libertad, no está el Espíritu del Señor. Esta libertad, por más que haya de realizarse en la existencia del individuo, no debe ser en la Iglesia un mero llamamiento moral (ordinariamente dirigido a los otros). Tiene que ser efectiva en la configuraicón de la comunidad eclesial, en sus instituciones y constituciones, de suerte que éstas nunca puedan tener un carácter opresivo o represivo.
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Nadie en la Iglesia tiene derecho a manipular, reprimir o suprimir, abierta o solapadamente, la libertad fundamental de los hijos de Dios y establecer la soberanía del hombre sobre el hombre, en lugar de la soberanía de Dios. En la Iglesia debe manifestarse esta libertad en la libertad de la palabra (franqueza) y en la libertad de acción y renuncia (libertad de movimientos y liberalidad en el sentido más amplio de la palabra), pero también en las instituciones y constituciones eclesiásticas: la misma Iglesia debe ser a la par ámbito de libertad y abogada de la libertad en el mundo."
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