lunes, 31 de enero de 2011

EL SACRAMENTO DEL "ORDEN" ¿ENTRAÑA UNA CONTRADICCION?

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Expliqué en el post anterior que todos los autores del Nuevo Testamento evitaron cuidadosamente utilizar el término "sacerdote" para designar a los ministros o responsables de las comunidades cristianas. Y es importante recordar que esta actitud se mantuvo hasta el siglo III. Como es lógico, si en la Iglesia de los dos primeros siglos se cuidó evitar esta designación, por algo sería, es decir, alguna rezón tendrían aquellas comunidades para no utilizar jamás el título de "sacerdote" cuando se referían a los líderes de las comunidades. Esto da que pensar. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, como no podía ser de otra manera, todos los grupos religiosos de la antigüedad tenían naturalmente una nomenclatura (consagrada y aceptada) para designar a sus cuadros de mando. Sin embargo -y por más sorprendente que pueda parecer-, las primeras comunidades de la Iglesia tomaron, para designar a los cargos en las comunidades, nombres tomados de las instituciones civiles. Así: apostoloi (enviados, mensajeros); prophetai (profetas, que con frecuencia eran laicos); poimenes (pastores); euangelistês (el que lleva buenas noticias); episkopoi (obispos), que eran los "vigilantes", "inspectores" o "gobernadores": presbyteroi (presbíteros), personas honorables y que en Asia Menor y Egipto designaban a los que presidían en una corporación; proistámenoi (los que presidían) (Rom XII, 8; 1º Tes V, 12); egoúmenoi (dirigentes) (Heb XIII, 7; Hech XV, 22); diakonoi (sirvientes o camareros); douloi (siervos o esclavos) (Rom I, 1; 2º Cor VI, 4; Col I, 25...; cf. Mc X, 45 par).
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La Iglesia naciente no toleró títulos "sagrados", sino nombres o calificativos "civiles" y, en ese sentido, "laicos". Nos guste o no nos guste, así fue. Y lo lógico es pensar que esto no pudo ser mera casualidad. Sin duda, esto tiene su lógica relación con el título mismo de "Iglesia", que es la versión a nuestra lengua del término griego ekklesía, la palabra técnica que se utilizaba en Grecia para designar a la asamblea de ciudadnos libres, reunidos para tomar democráticamente sus decisiones.
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Nada de esto impedía creer en Jesús el Señor. Y ser testigos de la fe. Es más, sin duda alguna, los primeros cristianos vieron que era así cómo tenían que denominarse y hacerse presentes en la sociedad del Imperio.
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Precisando más: en la primera mitad del s. III, los ministros de las comunidades empezaron a utilizar los términos "orden" y "ordenación". Ahora bien, estos términos remitían, ya entonces y sobre todo entonces, a las ideas de "honor", "dignidad" y "potestad". En efecto, el "ordo" y la "ordinatio" eran, en aquel tiempo, conceptos clave en la organización de la sociedad. Porque eran los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo del emperador. El "ordo" tenía, en el imperio romano, la significación de "clase social", de manera que existían tres "ordines": el orden de los senadores (ordo senatorum) y el orden de los caballeros (ordo equitum), que se situaban claramente sobre la plebe o pueblo llano (ordo plebeius) (Pauly-Wissowa, 18/1, 930-936). Es claro que los ministros de las comunidades, en el s. III, se apropiaron el "orden" y la "ordenación", como títulos de dignidad y supremacía, para diferenciarse de la gente sencilla y, por tanto, de la comunidad. En buena medida, se puede decir que el derecho y la cultura del imperio fueron más determinantes que el Evangelio. Jesús había reprendido insistentemente a los discípulos y apóstoles por sus pretensiones de ser los más importantes, de situarse los primeros (Mc X, 35-45 par; Mc IX, 33-37 par). El criterio de Jesús es que los primeros tenían que situarse como los últimos (Mt XX, 16; Mc X, 31). En este sentido, la Iglesia tendría que ser la subversión del "orden" de este mundo. Pero el "clero", como "porción escogida", no quiso que fuera así.
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Como es lógico, toda institución que pretenda perpetuarse ha de tener un mínimo de organización, una estructura. Pero eso se puede hacer de muchas maneras. Jesús no quiso, en el movimiento que el ponia en marcha, reproducir los modelos organizativos de los poderes de este mundo. Y, con claridad y firmeza, los primeros cristianos entendieron que la Iglesia no tiene por qué ser guiada por "hombres sagrados" o "consagrados". Pero el hecho es que en la Iglesia trastornó el ideal utópico de Jesús. El ideal de quien está convencido que todo el que sube, por eso mismo, divide; mientras que todo el que baja, por eso mismo, une. Ya el autor de la primera carta de Pedro se dio cuenta del peligro que acechaba, a las comunidades de la Iglesia, cuando, dirigiéndose "a los responsables de las comunidades", les dijo: "cuidad del rebaño de Dios que os han confiado, cuidando de él no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por por sacar dinero, sino generosamente; no tiranizando a los que os han confiado, sino haciéndoos modelos del rebaño" (1º Pe V, 1-3).
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Algunos comentarios al post anterior han dado a entender que en la Iglesia, desde el Nuevo Testamento hasta hoy, se ha ha producido un "desarrollo del dogma". Pero, ¿podemos los cristianos admitir un " desarrollo" que resulta contradictorio con el Evangelio?
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lunes, 24 de enero de 2011

¿Y SI NOS QUEDAMOS SIN SACERDOTES?

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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La semana pasada escribí en este blog una entrada en la que recordé cómo la Iglesia del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la "llamada de Dios" para que un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En los primeros diez siglos de la Iglesia, se pensaba que la vocación es la "llamada de la comunidad" para que un cristiano fuese ordenado sacerdote. Pero ocurre que, en este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados. Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas en la Iglesia, entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las necesidades espirituales de los católicos.
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Así están las cosas en este momento. Los obispos -ya lo han dicho los alemanes- no están dispuestos a suprimir la ley del celibato. Y menos aún estarían dispuestos a tomar decisiones más radicales en cuanto se refiere al clero, especialmente por lo que respecta a la necesidad de que en la Iglesia haya sacerdotes para administrar los sacramentos. Yo no sé si los obispos van a ceder en este delicado asunto. Y si ceden, cuándo lo harán. Sea lo que sea de todo esto, me parece que ha llegado el momento de afrontar esta pregunta: ¿y si llega el día en que nos quedemos prácticamente sin sacerdotes? ¿sería eso el derrumbe total de la Iglesia?
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El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles. Pero aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc VIII, 1-3; Mc XV, 40-41). La muerte de Jesús en la cruz no fue un ritual religioso, sino la ejecución civil de un subversivo. Por eso la Carta a los hebreos dice que Cristo fue sacerdote. Pero este escrito es el más radicalmente laico de todo el Nuevo Testamento. Porque el sacerdocio de Cristo no fue "ritual", sino "existencial". Es decir, lo que Cristo ofreció, no fue un rito ceremonial en un templo, sino su existencia entera, en el trabajo, en la vida con los demás y sobre todo en la horrible muerte que sufrió. Para los cristianos, no hay más sacerdocio que el de Cristo, que consiste en que cada uno viva para los demás. Ni más ni menos que eso. El sacerdocio cristiano, tal como se vive en la Iglesia, no tiene fundamento bíblico ninguno. Por eso en la Iglesia no tiene que haber hombres "consagrados". Lo que tiene que haber es hombres y mujeres "ejemplares". El "sacerdocio santo" y el "sacerdocio real" del que habla la 1º Carta de Pedro (I, 5. 9) es una mera denominación "espiritual" de todos los cristianos.
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Además, en todo el Nuevo Testamento jamás se habla de "sacerdotes" en la Iglesia. Es más, está bien demostrado que los autores del Nuevo Testamento, desde san Pablo hasta el Apocalipsis, evitan cuidadosamente aplicar la palabra o el concepto de "sacerdote" a los que presidían en las comunidades que se iban formando. Esta situación se mantuvo hasta el siglo III. O sea, la Iglesia vivió durante casi doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero nunca se dice que la presidiera un "sacerdote". En las comunidades cristianas había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se les consideraba hombres "sagrados" o "consagrados". En el s. III, Tertuliano informa de que cualquier cristiano presidía la eucaristía (De exhort. cast. VII, 3).
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¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que la Iglesia sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús: un movimiento profético, carismático, secular. El clericalismo, los hombres sagrados y los consagrados han alejado a la Iglesia del Evangelio y del pueblo. Así lo ve y lo dice la gente. La Iglesia se pensó que, teniendo un clero abundante y con prestigio, sería una Iglesia fuerte, con influencia en la cultura y en la sociedad. Pero a los hechos me remito. Ese modelo de Iglesia se está agotando. No podemos ignorar todo el bien que los sacerdotes y los religiosos han hecho. Y el que siguen haciendo. Pero tampoco podemos olvidar los escándalos y violencias que en la Iglesia se han vivido y de los que el clero, en gran medida, ha sido responsable.
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Pero lo peor no es nada de eso. Lo más negativo, que ha dado de sí el modelo clerical de la Iglesia, es que quienes han tenido el "poder sagrado", se han erigido en los responsables y, de las "comunidades de creyentes", han hecho "súbditos obedientes". La Iglesia se ha partido, se ha dividido, unos pocos mandando y los demás obedeciendo. En la Iglesia debe haber, como en toda institución humana, personas encargadas de la gestión de los asuntos, de la coordinación, de la enseñanza del mensaje de Jesús... Pero, una de dos: o Jesús vivió equivocado o los que andamos equivocados somos nosotros.
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Por supuesto, el final del clero no se puede improvisar. Probablemente el cambio se va a producir, no por decisiones que vengan de Roma, sino porque la vida y el giro que ha tomado la historia nos van a llevar a eso: a una Iglesia compuesta por comunidades de fieles, conscientes de su responsabilidad, unidos a sus obispos (presididos por el obispo de Roma), respetando los diversos pueblos, naciones y culturas. Y preocupados sobre todo por hacer visible y patente la memoria de Jesús. Ya son muchas las comunidades que, por todo el mundo, a falta de clérigos, son los laicos los que celebran ellos solos la eucaristía. Porque son muchos los cristianos que están persuadidos de que la celebración de la eucaristía no es un privilegio de los sacerdotes, sino un derecho de la comunidad. El proceso está en marcha. Y mi convicción es que nadie lo va a detener. Termino afirmando que, si digo estas cosas, no es porque me importe poco la Iglesia o porque no la quiera ver ni en pintura. Todo lo contrario. Precisamente porque le debo tanto y me importa tanto, por eso, lo que más deseo es que sea fiel a Jesús y al Evangelio.
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viernes, 21 de enero de 2011

LA ALARMENTE ESCASEZ DE VOCACIONES EN LA IGLESIA

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Me refiero concretamente a las vocaciones para el presbiterado. Lo estamos viendo y palpando: cada día hay menos seminaristas, menos curas y muchos de los que van quedando son ya mayores con las consiguientes e inevitables limitaciones que eso lleva consigo. Las estadísticas en Europa, Estados Unidos e incluso ya en América Latina son muy preocupantes. A este paso, dentro de diez años, la situación será insostenible.
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Por otra parte, la Iglesia entera debería tener siempre muy presente la severa afirmación que hizo el concilio Vaticano II: "todos los fieles cristianos tienen el derecho de recibir de los sagrados pastores, de entre los bienes espirituales de la Iglesia, ante todo, los auxilios de la palabra de Dios y de los sacramentos" (LG 37, 1). Un derecho que además quedó recogido y ratificado en CIC, canon 213. Ahora bien, este derecho se está quebrantando gravemente en este momento porque, como es bien sabido, hay miles de pueblos y aldeas en los que no hay un sacerdote que enseñe el catecismo, que explique el Evangelio, que celebre la eucaristía, que visite a los enfermos, que atienda a los necesitados, etcétera.
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Así las cosas, la pregunta que hay que hacerse es la siguiente: ¿tiene la jerarquía eclesiástica autoridad para establecer unas condiciones, de acceso al ministerio presbiteral, que, tal como hoy está la vida y la sociedad, de esas condiciones se sigue inevitablemente que a miles y miles de cristianos se les priva de un derecho que es inherente a la condición misma y al ser del cristiano? Por tanto, ¿no hay motivos suficientes para pensar que la jerarquía eclesiástica está abusando de un poder que entra en conflicto con un derecho fundamental de los fieles cristianos?
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La respuesta a estas preguntas no se puede despachar con la fácil escapatoria de quienes dicen que la falta de vocaciones no depende de los obispos, sino que es un problema cuyas raíces están en la secularización de la sociedad, en el laicismo imperante, en la educación atea que se les da a tantos jóvenes, en el hedonismo y materialismo que invaden las costumbres, etc. ¿Qué más quisiéramos que tener muchas y buenas vocaciones sacerdotales? Pero, ¿si Dios no las manda...? ¿O si lo que ocurre es que los jóvenes no responden a la llamada divina? ¿Qué podemos hacer nosotros ante un problema cuya solución no depende de nosotros?
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Insisto en que este tipo de razonamientos no son sino una fácil escapatoria. Tan fácil como falsa. ¿Por qué? Porque la jerarquía eclesiástica puede perfectamente modificar las condiciones de acceso al ministerio ordenado. Otra cosa es que se considere intangible el procedimiento actual. Y el actual concepto que tenemos de lo que es una vocación al ministerio eclesiástico. ¿Estamos seguros de que esto es lo que Dios quiere?
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No podemos tener esta seguridad. Por la sencilla razón de que en la Iglesia, durante siglos, las cosas se hicieron de otra manera. Es decir, durante cientos de años, fue distinta la idea que se tenía de lo que es una vocación al sacerdocio. Y fue distinto, por tanto, el procedimiento para elegir y designar a quienes podían y debían ser ordenados de presbíteros o de obispos. Hoy tenemos la idea de que la vocación es una "llamada de Dios", a la que, quien es llamado, debe responder con generosidad. Hasta el siglo XI, no era básicamente una llamada de Dios, sino una "llamada de la comunidad" cristiana. De forma que está abundantemente documentado que quienes se presentaban al obispo diciendo que habían sentido la llamada del Señor, a esos precisamente era a los que normalmente nunca se ordenaba. Mientras que la norma establecida era que las ordenaciones sacerdotales, en la Iglesia antigua, tenían que ser ordenaciones "invitus" y "coactus", es decir, las ordenaciones de aquellos que se resistían, que no querían, ser ordenados. Y lo eran porque era la comunidad la que veía y discernía quién era o no era el sujeto adecuado para ejercer el ministerio pastoral. Además, es importante saber que esta práctica no era una "recomendación", sino una "norma" establecida en los sínodos y en los concilios; la norma que, por todas partes, enseñaban los padres de la Iglesia y explicaban los teólogos. La enorme documentación, que existe sobre este asunto, ha sido recogida y razonada, entre otros, por Y. Congar ("Ordinations invitus, coactus de l’Église antique au canon 214"; en la "Rev. Sc. Phil. Et Théol." 50 (1966) 169-197). Todavía el "Decreto" de Graciano (s. XI) recoge la tradición de los siglos anteriores con esta fórmula: "Locus regiminis, sicut desiderantibus est negandus, ita fugientibus est offerendus" (can. 9, q. 1 C. VIII (col. 592)): "El puesto de gobierno, así como ha de ser negado a quienes lo desean, se debe ofrecer a los que lo rechazan".
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Era otra mentalidad. Ser cura, ser obispo, no era una dignidad ni un honor, sino una carga. Y una carga pesada. Esto, ante todo. Pero, más que nada, lo que se tenía en cuenta era el criterio y el juicio de la comunidad (parroquia, diócesis), en la que iba a ejercer el ministerio el nuevo candidato. Y, como es lógico, quienes mejor sabían quién era el sujeto que mejor reunía las condiciones convenientes para la parroquia o la diócesis, eran los ciudadanos y feligreses con los que el candidato iba a trabajar. Era, por tanto, otro modelo organizativo de Iglesia. Una Iglesia menos centralizada, que miraba más al pueblo que a Roma o a la Curia Diocesana. Y era, en consecuencia, una Iglesia cercana, unida y hasta fundida con el pueblo, con la gente, con las necesidades y esperanzas de los fieles cristianos. Es evidente que todo esto se podría hacer hoy. Se tendría que hacer ya. Y si no se hace, me parece que tenemos razones suficientes para pensar que el motivo del actual inmovilismo, ante una situación tan grave y tan preocupante, no es otro que el deseo de mantener un poder sobre la gente, sobre los laicos, de los que la jerarquía no se fía y cuyas necesidades, carencias y esperanza no toma en serio. Se tiene miedo a que la gente pida que se ordene de sacerdote a un hombre casado. Se tiene más miedo aún a que la gente quiera que se ordene a una mujer. Y así sucesivamente. ¿Por qué tantos miedos? ¿Y no nos da miedo la soledad, el desprestigio y el desamparo en que se está quedado la Iglesia?
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lunes, 17 de enero de 2011

PREMIOS Y CASTIGOS DE LA "OTRA VIDA"

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Las personas que tienen creencias religiosas suelen decir que quienes (al morir) se van de "esta vida", pasan así a la "otra vida", los buenos al cielo y los malos al infierno. A lo que se suele añadir una precisión: en el cielo sólo pueden entrar los que llegan allí enteramente purificados y para eso está el purgatorio.
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La creencia en la otra vida resulta comprensible si tenemos en cuenta las muchas limitaciones que tiene esta vida. Siempre ha existido gente (mucha gente) que anhela la felicidad sin límites. Como hay gente que, habida cuenta de tantas injusticias como hay en este mundo, esperan que Dios castigue a los malos y canallas en el otro mundo. Parece lógico, por tanto, que haya gente que alimenta creencias en premios y castigos más allá de la muerte.
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Así las cosas, lo primero que conviene tener en cuenta, al hablar de este oscuro y complicado asunto, es que las creencias relativas a la otra vida tienen lógicamente consecuencias (para bien o para mal) en esta vida. Lo más seguro es que, por ejemplo, cuando el franciscano Maximiliano Kolbe se dejó matar para salvar a un compañero, en un campo de concentración de la última guerra mundial, tomó aquella decisión ejemplar motivado por el amor cristiano y por la esperanza en la felicidad de la vida futura. Como también se puede dar por seguro que los pilotos camicaces, que se mataron matando a miles de personas en la Torres Gemelas de Nueva York, cometieron semejante atrocidad por motivaciones políticas reforzadas, en última instancia, por el deseo de llegar al paraíso celestial. No cabe duda que la esperanza en la otra vida puede ser un estímulo para el bien o una amenaza para el mal.
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Por eso no es de extrañar que los predicadores de la "otra vida" hayan utilizado tantas veces el argumento del cielo y del infierno para motivar a los fieles, unas veces, para lograr objetivos ejemplares; y en otros casos para someter a los crédulos, para asustar a personas de buena voluntad o a gentes ingenuas, sin reparar en que, a base de sermones truculentos, han abrumado a no pocas psicologías débiles, han llevado a mucha gente a los confesionarios y hasta se ha negociado la otra vida mediante indulgencias que han dejado pingües beneficios, limosnas, herencias y otras ventajas de mayor o menor cuantía.
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¿Qué hay después de la muerte? Como es lógico, todo lo que trasciende esta vida pertenece al ámbito de lo trascendente. Y lo trascendente es, por definición, lo que no está a nuestro alcance, o sea lo que no conocemos ni podemos conocer. Por tanto, ponerse a decir, determinar, precisar y explicar lo que ocurre después de la muerte es un alarde que entraña tanto atrevimiento como ingenuidad, ya que eso es lo mismo que hablar de lo que no sabemos, ni podemos saber. Pero, ¿no está todo eso dicho en la Biblia y en los libros sagrados? ¿no está definido por los Papas y los Concilios de la Iglesia? Seamos lógicos, sinceros y honestos. Todos los libros sagrados, incluida la Biblia, todo lo que han dicho los Papas y los Concilios, todo eso está dicho "desde la inmanencia" y, por tanto, es "inmanente". Es decir, todo eso no puede alcanzar aquellas realidades que, por definición, nos trascienden. En otras palabras, aquellas realidades que no están a nuestro alcance. Y si lo están, es que no se nos habla de "lo trascendente", sino de "lo inmanente", disfrazado de falsa "divinidad".
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La Fe no es un saber basado en argumentos demostrables por la evidencia. La Fe es una "convicción libre". En el caso de la fe cristiana, esa convicción lleva en sí la esperanza en que la muerte no tiene la última palabra. Es la convicción de la pervivencia en una plenitud de vida, sin que podamos precisar más en que pueda consistir esa plenitud. Y en cuanto al infierno, si efectivamente Dios es justo, hará justicia, sin que podamos saber cómo se hará esa justicia. Pero hablar del infierno, como se suele hacer en los catecismos y sermones al uso, con todo el respeto del mundo, yo no creo que eso pueda ser verdad. Por una razón que, para mí al menos, es incontestable. El infierno, por definición, es un castigo eterno. Ahora bien, un castigo (sea el que sea) tiene razón de ser como "medio" para algo (corregir, mejorar, educar, defender a los inocentes...), pero nunca puede tener razón de ser como "finalidad" en sí mismo. Un castigo, así pensado y realizado, no puede tener su origen en la bondad, sino en la maldad. O sea, un castigo así, no puede haber sido pensado por Dios, ni puede ser mantenido por Dios. Un presunto castigo "divino", que al mismo tiempo se concibe como "eterno", es una contradicción en sí mismo. Porque lo "divino", que no se puede entender sino como bondad y fuente de bien, no puede ser causa y origen de un mal, que no tiene más finalidad en sí que hacer sufrir, o sea causar mal, daño y maldad. Porque si es "eterno", no es "medio" para ninguna otra cosa, sino algo cuya única finalidad es el sufrimiento sin fin. Hacer a Dios causante y responsable de eso es la agresión más brutal a "lo divino" que la mente humana ha podido inventar.
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En religión, se puede hablar de premios y castigos utilizando un lenguaje metafórico que pueda motivar a la gente para hacer el bien y evitar el mal. Tal es el sentido de los textos de los Evangelios que hablan del "fuego" eterno, del "rechinar de dientes", del "gusano de la conciencia" o de otras expresiones parecidas. Todo lo que sea pasar de eso y convertir las metáforas en lenguaje descriptivo de una realidad que está "arriba" o "abajo", en lo alto de los cielos o en las profundidades del abismo, todo eso no puede ser sino un lenguaje imaginativo del que no nos cabe certeza alguna. La finalidad de las religiones ha de centrarse en hacernos buenas personas, en que seamos respetuosos y honrados, honestos y sinceros, responsables y gente de buen corazón. Y quienes, además de todo eso, tengan una fe que les lleve a mantener viva la esperanza que trasciende el presente, si eso les motiva para ser aún más buena gente, entonces se podrá decir que la religión es cabal. Y es lo que tiene que ser. Con toda sinceridad confieso que lo que acabo de explicar forma parte del eje mismo de mis creencias religiosas.
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lunes, 10 de enero de 2011

LOS CURAS SE SUBEN OTRA VEZ AL PULPITO

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Acabo de regresar de Italia (Verona) donde he tenido un breve curso (sólo tres días) sobre la fe cristiana. Estos días de trabajo, y otros compromisos que tenía pendientes allí, han sido el motivo del paréntesis de silencio que ha sufrido este blog. Pido las debidas disculpas, por este silencio, a quienes suelen visitar el blog.
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Italia es un país en el que la presencia de la religión sigue siendo fuerte. Es un hecho que se palpa enseguida. Sin duda, la cercanía del Vaticano y la abundancia de pequeñas diócesis son dos hechos determinantes en la religiosidad de millones de italianos.
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Pero ocurre que, precisamente porque la religiosidad se nota más que en otros países, por eso mismo también se nota más y se percibe mejor la orientación que, en determinados sectores del pueblo, va tomando la práctica religiosa. Se trata de una orientación claramente regresiva. O para ser más preciso, cada vez que voy a Italia (y suelo ir dos o tres veces caño), me doy cuenta de la fuerza que van tomando dos fenómenos enormemente significativos: 1) Por una parte, se palpa que las prácticas religiosas tradicionales, no sólo se refuerzan, sino que además van en claro retroceso en el sentido de ir recuperando usos y costumbres que (quizá ingenuamente) creíamos definitivamente superadas. 2) Por otra parte, a medida que se recuperan prácticas religiosas de tiempos antiguos, casi en la misma medida aumenta el número de personas que anhelan y buscan otra forma de entender y practicar la vida cristiana, otra forma menos atada a determinadas prácticas medievales y más vinculada al Evangelio y a los primeros orígenes del cristianismo. Estos dos fenómenos son clarísimos y, por la información que tengo en este momento, creo que es en Italia donde mejor se advierten y más se notan estas dos tendencias, que, en no pocas cosas, van en direcciones estrictamente opuestas.
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Pues bien, si se presta algo de atención al primero de estos fenómenos, el de la recuperación e intensificación de las prácticas religiosas de antaño, una de las cosas que más me han sorprendido es que, en no pocas parroquias del noreste italiano (pienso, por ejemplo, en la diócesis de Údine, en la frontera con Austria), van abundando los curas que están utilizando otra vez los púlpitos para las homilías de las misas o simplemente para predicar sus sermones al pueblo fiel. Y es importante notar que hay mucha gente a la que le gusta eso. Es más, abundan las personas a quienes les encanta que el predicador se ponga ropajes especialmente solemnes y llamativos para echar su sermón.
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Esto me ha dado qué pensar. Porque no creo que la explicación del retorno a esta vieja costumbre haya que buscarla en la vanidad de los predicadores. Por supuesto, es evidente que un tipo, que se cuelga encima todos los ropajes que tiene a su alcance, por más que lo haga con el convencimiento de que así es cómo debe proceder, puede dar la impresión de que hace eso motivado por un mal disimulado orgullo. Pero el fondo del asunto no está en los sentimientos que pueda abrigar el predicador de turno. El problema está en lo que el púlpito representa en sí mismo. Lo más evidente que ocurre con el púlpito es que la predicación se separa del altar, es decir, la explicación del Evangelio se aleja de la Eucaristía. De forma que el Evangelio se convierte en "sermón"; y la Eucaristía se reduce a un "ritual" sagrado. Y entonces, en el sermón, el predicador se luce con su retórica; y, en el ritual, el sacerdote ejecuta un ceremonial que fomenta la devoción de unos, tranquiliza la conciencia de otros, pero, por lo general, a casi nadie le evoca lo que Jesús hizo y dijo en la cena aquélla en que se despidió de sus discípulos y amigos.
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¿Qué hemos hecho con el Evangelio? ¿Qué nos queda de la Eucaristía? ¿A dónde vamos por este camino? Según dicen los entendidos, el "púlpito" fue, originalmente, parte del escenario del teatro romano. La parte diferenciada de la "orchestra", es decir, la parte donde los actores recitaban y actuaban. ¿No estaremos haciendo de nuestras celebraciones litúrgicas una especie de teatro en el que todos pasamos un rato pero nadie se convierte?
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domingo, 9 de enero de 2011

9/1/2011: ¿ESTAMOS APAGANDO EL ESPIRITU? (Bautismo de Jesús - Mateo III, 13-17)

por José Antonio Pagola
(Teólogo)
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Aunque el relato evangélico habla de la inmersión de Jesús en el Jordán, lo decisivo no es este bautismo de agua que recibe de manos del Bautista, sino la acogida del Espíritu que el Padre envía sobre él.
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Según la mentalidad bíblica, este Espíritu hace vivir a Jesús desde el aliento vital de Dios, lleno de su amor y su fuerza creadora, entregado a liberar, transformar y potenciar la vida. Por eso, los primeros seguidores de Jesús lo recordaban como un Profeta que, “ungido por Dios con el Espíritu Santo…, pasó la vida haciendo el bien”. Este es el Espíritu que ha de alentar a quienes siguen sus pasos.
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La crisis religiosa de nuestros días se está extendiendo con tal radicalidad que la indiferencia está afectando ya a los mismos creyentes. Los indicios son cada vez más inquietantes. Hay analistas que denuncian el “ateísmo interior” que está diluyendo la fe de algunos que se dicen cristianos.
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La Iglesia no es un “espacio inmunizado”. Hay practicantes que de hecho no cuentan con Dios. Pueden pasar tranquilamente sin él. Dios no estimula su vida ni inspira su comportamiento. Viven una religión vacía de comunicación con Dios. En la práctica, Dios no existe para ellos. Sin advertirlo, se están instalando en la “cultura de la ausencia de Dios”.
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¿Vamos a permanecer pasivos ante esta extinción progresiva de la verdadera fe incluso dentro de nuestros hogares y comunidades? ¿No nos estamos haciendo cada vez más indiferentes a la indiferencia religiosa que parece invadirlo todo? ¿No ha llegado el momento de reaccionar?
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Tal vez, lo primero es tomar conciencia de que somos nosotros mismos los que podemos estar apagando el Espíritu dentro de la Iglesia con nuestra ceguera y pasividad. Movidos por el instinto de conservación, corremos el riesgo de dedicarnos a conservar el pasado quizás porque nos resulta más cómodo que vivir en permanente conversión, abiertos a la creatividad del Espíritu.
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Seguramente, hemos de cuidar más nuestro modo de relacionarnos con Dios, evitando formas superficiales y vacías, vividas sólo desde lo exterior, y que pueden ser formas de huir de su Misterio santo más que caminos para situarnos ante él en espíritu y en verdad.
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Parece más necesario que nunca promover esa “participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”, que el concilio Vaticano II urge “con deseo ardiente”, pues considera que es “la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano”. Revitalizar la celebración es reavivar la fe.
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martes, 4 de enero de 2011

SER CRISTIANOS

por Hans Küng
(Ed. Cristiandad, Madrid, 1977. Págs. 613-614)
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"La libertad es para la Iglesia a un tiempo don y tarea. La Iglesia puede y debe ser a todos los niveles una comunidad de hombres libres. Si quiere servir a la causa de Jesús, nunca puede ser una institución de poder o una Santa Inquisición. Sus miembros han de estar liberados para la libertad: liberados de la esclavitud a la letra de la Ley, del peso de la culpa, del miedo a la muerte; liberados para la vida, para el sentido de la vida, el servicio y el amor. Hombres que no tienen que estar sometidos más que a Dios, y no a poderes anónimos ni a otros hombres.
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Donde no hay libertad, no está el Espíritu del Señor. Esta libertad, por más que haya de realizarse en la existencia del individuo, no debe ser en la Iglesia un mero llamamiento moral (ordinariamente dirigido a los otros). Tiene que ser efectiva en la configuraicón de la comunidad eclesial, en sus instituciones y constituciones, de suerte que éstas nunca puedan tener un carácter opresivo o represivo.
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Nadie en la Iglesia tiene derecho a manipular, reprimir o suprimir, abierta o solapadamente, la libertad fundamental de los hijos de Dios y establecer la soberanía del hombre sobre el hombre, en lugar de la soberanía de Dios. En la Iglesia debe manifestarse esta libertad en la libertad de la palabra (franqueza) y en la libertad de acción y renuncia (libertad de movimientos y liberalidad en el sentido más amplio de la palabra), pero también en las instituciones y constituciones eclesiásticas: la misma Iglesia debe ser a la par ámbito de libertad y abogada de la libertad en el mundo."
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viernes, 31 de diciembre de 2010

HAY MAS DE 159.000 SACERDOTES CATOLICOS CASADOS

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Según estimaciones de la Confederación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados, en el mundo hay por lo menos “150 mil curas” que han contraído nupcias, lo que demostraría la necesidad de que la Iglesia católica, que cuenta con cerca de 450 mil clérigos en activo, apruebe el celibato opcional, más aún porque para algunos, la cantidad de ministros católicos con pareja que se presume, es “conservadora”.
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En entrevista, Lauro Macías Raygoza, vicepresidente de la Federación Latinoamérica para la Renovación de los Ministerios, aseguró que para imponer el celibato se ha “distorsionado lo que dijo Jesús, porque él nunca lo propuso, ya que es una aberración, una forma de dividir a los cristianos de primera, los perfectos, como si la perfección recayera en la castidad, y los imperfectos, los que no son célibes. Aunque sabemos que muchos sacerdotes son incapaces de seguir este mandato, así que se ha convertido en una gran simulación”.
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Macías Raygoza, quien ejerció el ministerio durante una década y fue célibe durante ese tiempo porque “era de los convencidos y fui muy feliz”, relató que él fue testigo de la lucha interna que padecían muchos ministros “queriendo cumplir el celibato, y no se les daba, y por ello vivían en una angustia tremenda, y no sólo en el aspecto biológico sino también en el afectivo. Intentaban motivarse para ejercerlo, pero como era artificial, empezaban a vivir una doble vida”. Añadió que la Iglesia católica alberga en su seno a un grupo de sacerdotes que tienen la opción de casarse y son obedientes al Papa, pero pertenecen del rito oriental.
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En entrevista aparte, José de Jesús Aguilar, subdirector de Radio y Televisión de la Arquidiócesis de México, al hablar en defensa del celibato aseguró que éste también es apoyado por la feligresía. “Se calcula que cerca de 80 por ciento de la gente no estaría de acuerdo en que los sacerdotes se casaran, porque de por sí son pocos, y si los que hubiera tuvieran que dedicarse a esposa e hijos, se reduciría su tiempo dedicado a la comunidad”.
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Pero también hay una razón más terrenal, y ésta sería que la feligresía “no estaría dispuesta a mantener al sacerdote y a sus hijos. Y es que en ciertas comunidades, la gente con mucho trabajo acepta sostener al sacerdote, pero no lo haría con su familia”, precisó Aguilar.
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Sin embargo, para Macías Raygoza esto no es una explicación de peso ni siquiera realista, porque este asunto se subsanaría “si se permitiera al sacerdote vivir de su trabajo, como lo hacen los anglicanos”, y agregó que en general a la feligresía “le importa un bledo que el sacerdote sea célibe, lo que le interesa es su entrega, su responsabilidad, su amor de hermano y su testimonio, lo que no quiere es que la sirvan espiritualmente de mala gana o con neurosis, como lo hacen algunos”.
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En lo que sí coincidieron ambos es en afirmar que los abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes en contra de menores no se explican por la prohibición de tener contacto sexual.
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Soy sicólogo, y el abusador de niños es un individuo que tiene una deformación de otro tipo, la cual no radica en que sea o no célibe, eso da lo mismo”, comentó Macías Raygoza. En tanto, Aguilar expuso que “quienes abusan de menores y cometen otro tipo de agresiones o violaciones, no es por efecto del celibato, sino producto de enfermedades, de desviaciones sexuales”, consideró.
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De acuerdo con Josué Tinoco Amador, profesor y experto en temas religiosos de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, “tratando de satisfacer la libido” es que algunos sacerdotes buscan calmar esa necesidad de diversas formas, y a veces no lo hacen de manera adecuada, incurriendo en “abuso sexual, incluso en contra de niños”.
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De acuerdo con datos de la referida federación “a escala global uno de cada cuatro sacerdotes católicos se ha retirado del ejercicio oficial del ministerio”, no sólo a causa del celibato, aunque la mayoría finalmente terminó casándose.
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Para el obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Felipe Arizmendi, cada vez que se hacen públicas “infidelidades al celibato, se cuestiona su razón de ser”, pero destaca que hay que entender que el celibato es un “carisma, un don, un regalo que no se concede a todos y por eso no cualquiera lo comprende”.
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El obispo reconoce que en el cumplimiento de esta norma “es innegable que ha habido fallas”, sobre todo porque “las tentaciones nos acechan por todos lados”, pero destaca en un escrito sobre este tema que “la inmensa mayoría vivimos con gozo y plenitud esta vocación, a pesar de nuestras limitaciones. Yo me siento muy fecundo y realizado gracias al celibato”, asevera.
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Y agrega: “yo decidí libre y conscientemente no casarme, no por egoísmo, no por rechazo a la mujer ni por desconocer o despreciar la belleza del sexo y del matrimonio, sino por gracia del Espíritu Santo (…) soy feliz siendo célibe”.
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Para otros, el panorama no es tan claro, y por eso postulan que el celibato debe ser opcional en la Iglesia católica de rito latino, porque éste no tiene sustento “ni en la Biblia, ni en la tradición, ni en la teología, ni en los dogmas.
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Por esto es que el 14 de mayo de 2009 la citada federación de sacerdotes casados presentó, una vez más, una propuesta de celibato opcional al Vaticano, y la respuesta fue tan contundente como siempre: “no”.
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Mario Mullo, presidente de dicha agrupación, considera que esa “imposición” es “anacrónica” y, por tanto, la jerarquía vaticana no debe ser “intransigente” en torno a este tema, más aún cuando es claro que existe una crisis de vocaciones sacerdotales.
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Para los críticos del celibato, éste va en contra de la naturaleza humana, ya que impone renunciar a algo que es inherente a la vida: la sexualidad. Lo cual implica sólo reprimir el deseo, pero no extinguirlo.
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Esto es “muy difícil”, sobre todo en “ciertas circunstancias”, precisó un sacerdote que prefirió omitir su nombre, y quien tiene más de una década ejerciendo su ministerio, aunque ahora valora si continuará, porque hay situaciones que ya no puede evitar por más que lo intente y solicite consejos.
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En breve plática telefónica, da su testimonio sobre el tema, el cual no sólo le preocupa sino también le incomoda, porque él fue férreo defensor del celibato y no pensó verse inmiscuido en una situación como la que ahora vive.
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No sé cómo fue, ni siquiera me di cuenta de cómo empecé a sentir esto. Ella sabe que soy sacerdote, me conoció en la parroquia, y dice que no le importa, pero a mí sí. Estoy traicionando mi vocación, ya fallé (…) he hecho ejercicios espirituales y nada (…) no hemos tenido contacto sexual, pero no estoy seguro de que pueda negarme por más tiempo. Entré muy joven al seminario, quizás me faltó vivir más a fondo ciertas experiencias, si así hubiera sido, tal vez no tendría ahora esta inquietud, no lo sé”.
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Según el padre Aguilar, cuando algún clérigo experimenta un “enamoramiento pasajero se le pide que piense bien las cosas y tome una decisión, quien está indeciso recibe apoyo sicológico de parte de la Iglesia”, y agregó que a quien “se le descubre una relación larga e incluso con hijos, es obligado a retirarse del ministerio”.
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Añadió que quien se encuentra en esta situación “debe avisar a su obispo para que éste le brinde apoyo, pero si el deseo de tener una pareja es lo que prevalece, se le debe retirar del estado clerical. Esto se establece en el Derecho Canónico, en el capítulo IV”.
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La polémica sobre el celibato en la Iglesia Católica no parece tener fin. Y aunque no hay duda de que muchos sacerdotes viven esta norma a cabalidad, incluso con alegría y entrega vocacional, también es una realidad que en el mundo hay infinidad de “hijos del celibato” y, ciertamente, esta doble moral no es benéfica para la propia Iglesia.
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jueves, 30 de diciembre de 2010

LUCA SEIDITA (Diácono italiano) SE SUICIDA AL NEGARLE EL VATICANO SU ACCESO AL SACERDOCIO

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Una noticia que asombra por la falta de caridad que se trasluce por detrás… ¿Cómo se puede negar la ordenación a un diácono siete días antes? ¿Entiende de caridad el Vaticano? Como dice la página Venerabilis, no era homosensible pero sí poseía una gran sensibilidad… y ahora está muerto.
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Su nombre Luca Seidita, originario de Lecce, tenía 29 años y ejercía de Diácono en la diócesis italiana de Orvieto-Todi. Había estado un tiempo en la parroquia de San Venanzo, un año en Ficulle y últimamente venía desempeñando las funciones de secretario del Obispo, Monseñor Giovanni Scanavino.
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El martes 30 de Noviembre, entre las 21.30 y las 22h., Luca se lanzó al vacío desde los muros medievales de Orvieto, desde una altura de 30 metros. Una persona que paseaba con su perro encontró su cuerpo roto, yacía cadáver.
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Según afirman distintos medios de información italianos, Luca dejó una carta escrita en su ordenador explicando su determinación desesperada: “Quería llegar a ser sacerdote y toda mi vida ha estado dedicada a esto, pero me ha sido negado”.
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En la misma carta pide perdón al Señor por su terrible decisión, manifiesta su desilusión y reconoce su propia fragilidad. A su Obispo se dirige con el tratamiento de “padre Giovanni” y le pide que su cuerpo sea sepultado en Matino, cerca de Lecce de donde era nativo.
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Según informan los medios de comunicación, el joven diácono originario di Lecce, fue trasferido a Orvieto en el 2005, donde completó los estudios teológicos en la Universidad Lateranense. Llamado al palacio episcopal para desempeñar las funciones de secretario del Obispo a la espera de la ordenación, prevista para los próximos días, el pasado martes haciéndose presente en la Congregación de los Obispos, en compañía de su Obispo, volvió a escuchar por segunda vez un “no” a su ordenación por parte de las autoridades vaticanas, alegando falta de madurez.
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Luca manifestó su profundo dolor y decepción preguntando a su obispo con gran turbación: "¿Qué he hecho?… Díganme, ¿qué he hecho yo?…"
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La Santa Sede mandó suspender la ceremonia y a raíz de ello fue publicado un comunicado de la diócesis: “Su Excelencia Mons. Giovanni Scanavino, obispo de Orvieto-Todi, ha comunicado que la ordenación sacerdotal del diácono Luca Seidita, prevista para el 7 de diciembre próximo, ha sido suspendida y aplazada por intervención directa de la Santa Sede. Las razones serán pronto objeto de clarificación y discernimiento eclesial. Recemos para que don Luca, concluye la nota, se pueda reponer pronto de esta gran prueba”.
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Monseñor Giovanni Scanavino ha explicado que el Vaticano había considerado que el diácono no estaba todavía maduro para ser sacerdote. Según las mismas fuentes informativas, el obispo de Orvieto afirmó: “Para mí estaba preparado para ser sacerdote”, reconociendo haber “divergencias de evaluación” con los dicasterios romanos y afirmando no haber observado nunca nada insólito en los comportamientos de Luca.
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Alguien ha roto el sueño de Luca. Y con su sueño también se ha desvanecido su vida.
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Quizás alguien haya visto a los pies de las murallas de Orvieto, en la noche del martes, la silueta de un forastero rondando a la espera…
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FIN DE AÑO: UNA PALABRA DE ESPERANZA

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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Después de varios días de silencio en este blog, silencio impuesto por obligaciones a las que no he podido renunciar, quiero decir, ante todo, una palabra de gratitud y reconocimiento a todos los que, llevados por su buena voluntad y su anhelo de búsqueda, visitan el blog. A todos quiero agradecer sinceramente lo que nos ayudan a los demás que aquí colaboramos. Y quede claro que nos ayudan, hagan o no hagan comentarios, y, por supuesto, sean cuales sean sus puntos de vista, sus aportaciones, sus consensos o sus disensos. La diversidad y el pluralismo son constitutivos de la vida humana. Y si aquí se manifiesta la diversidad y el pluralismo, eso nos quiere decir que aquí hay humanidad. La humanidad en la que, según recordamos estos días los creyentes, Dios se ha hecho presente. La divinidad nos rebasa y no está a nuestro alcance. Por eso Dios se humanizó. Y así nos enseñó que, siendo cada día más sinceramente y honradamente humanos, es como podemos establecer nuestra verdadera relación con Dios.
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Estamos al final de un año que ha sido demasiado duro para demasiada gente. Estos días de Navidad, que se viven como fiesta de alegría y razonable diversión, suelen ser crueles para muchas personas. Me refiero a quienes, precisamente porque en el ambiente hay alegría y fiesta, por eso ellos sienten con más dolor el zarpazo de la soledad, el desamparo, la carencia de tantas cosas, y la desesperanza. Todos deseamos un año nuevo feliz. Y así lo decimos de palabra. Pero no nos vendría mal caer en la cuenta de lo que, para un cristiano, significa y exige "decir una palabra". La liturgia de estos días repite varias veces el prólogo del evangelio de Juan (I, 1-18). El evangelio de la "Palabra" (Lógos). Dicen los entendidos que el lógos de los griegos expresaba el proceso de pensar, es decir, la pura idea en el ámbito de la especulación. Sin embargo, en el antiguo Oriente, la palabra no consistía en un mero pensamiento o la designación de un objeto. No. La "palabra" era, en aquellas antiguas culturas orientales, "un poder" que desencadenaba unas consecuencias. Es decir, la "palabra" estaba vinculada a la "acción". Así lo entendía la cultura hebrea cuando se refería a la palabra (dabar).
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Pues bien, así se entiende en el Evangelio la palabra. Por eso el centurión romano le dijo a Jesús: "Dí una sola palabra y mi criado sanará" (Mt VIII, 8; Lc VII, 7). De ahí, la conexión que se establece entra la "palabra" y la "acción": decir una palabra es actuar en consecuencia y, por tanto, aportar soluciones, salud, vida, salvación (cf. Lc XXIV, 19; Hech IV, 29. 31; VIII, 25; XI, 19; XIII, 46; XIV, 25; XVI, 6. 32). Por tanto, para una persona que tiene verdadera fe, decir una palabra de "felicidad", de "paz" o de "esperanza", por poner sólo algunos ejemplos, es algo que no se puede hacer alegremente y así, por las buenas y sin más. Decir una palabra, para "cumplir", no; no se debería hacer. Decir una palabra de paz es comprometerse a trabajar por la paz. Como decir una palabra de felicidad es adquirir un compromiso de hacer lo que esté al alcance de uno, para que entre las personas haya más felicidad.
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Y conste, para terminar, que, al decir estas cosas, siento que pesa sobre mí el compromiso y la responsabilidad de no decir, así, por las buenas, palabras que no me comprometen a nada. Muchas veces pienso que tendría que aprender a decir solamente aquello que explica mi propia vida. O sea, primero "hacer". Y luego, "explicar" lo que he hecho. Así, y sólo así, habría armonía en la vida. Y nuestras palabras tendrían una credibilidad de la que, con frecuencia, carecemos.
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sábado, 25 de diciembre de 2010

NAVIDAD: VER CON LOS OJOS DEL CORAZON

por Leonardo Boff
(Teólogo)
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Estamos obligados a vivir en un mundo donde los artículos son el objeto más explícito del deseo de los niños y los adultos. Lo que se compra tiene que tener brillo y magia, si no, nadie lo compra. Habla más a los ojos codiciosos que al corazón amoroso.
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Dentro de esta dinámica se encuentra la figura de Papá Noel. Él es la elaboración comercial de San Nicolás –Santa Claus– cuya fiesta se celebra el día 6 de diciembre. Era obispo, nacido en el año 281 en la actual Turquía. Heredó de su familia una importante fortuna. En la época de Navidad salía vestido de obispo, todo de rojo, con un bastón y un saco con regalos para los niños. Se los entregaba con una notita donde decía que venían de parte del Niño Jesús.
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Santa Claus dio origen al actual Papá Noel, creación de un dibujante de tiras cómicas norteamericano, Thomas Nast, en 1886, y posteriormente divulgado por la Coca-Cola, ya que en esta época de frío caía mucho el consumo. La imagen de ese buen viejito, vestido de rojo y con un saco a la espalda, bonachón, que da buenos consejos a los niños es la figura predominante en las calles y tiendas en tiempo de Navidad. Su patria de nacimiento habría sido Laponia, en Finlandia, donde hay mucha nieve, elfos, duendes y gnomos, y donde las personas se desplazan en trineos tirados por renos.
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¿Existe Papá Noel? Fue la pregunta que Virginia, una niña de 8 años, hizo a su padre. Este le respondió: “Escribe al editor del periódico. Si él te dice que existe, es que realmente existe”. Eso fue lo que hizo la niña. Y recibió esta hermosa respuesta:
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Sí, Virginia, Papá Noel existe. Es tan cierto como que existen el amor, la generosidad y la devoción. Y tu sabes que todo eso existe, y da más belleza y alegría a nuestra vida. ¡Qué triste sería el mundo si no hubiese Papa Noel! Sería tan triste como si no existieran niñas como tú. No existiría la fe de los niños, ni la poesía y la fantasía que hacen nuestra existencia ligera y bonita. Pero para eso tenemos que aprender a ver con los ojos del corazón y del amor. Entonces percibimos que no hay ninguna señal de que Papá Noel no exista. ¿Que si existe Papá Noel? Gracias a Dios vive y vivirá siempre que haya niños grandes y pequeños que han aprendido a ver con los ojos del corazón.
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Esto es lo que más falta nos hace hoy: la capacidad de rescatar la imaginación creadora para proyectar mejores mundos y ver con el corazón. Si existiese esto, no habría tanta violencia, ni niños abandonados ni el sufrimiento de la Madre Tierra devastada.
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Para los cristianos es válida la figura del niño Jesús que tirita sobre las pajas, calentado por el aliento del buey y la mula. Me dijeron que, misteriosamente, a través de uno de los ángeles que cantaban en los campos de Belén, envió a todos los niños del mundo una tarjeta de navidad que dice:
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Queridos hermanitos y hermanitas
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Si mirais el pesebre y me veis ahí, sabiendo por el corazón que soy Dios-niño que no viene para juzgar sino para estar, alegre, con todos vosotros,
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Si conseguís ver en los otros niños y niñas, especialmente en los más pobres, mi presencia en ellos,
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Si lograis hacer renacer el niño escondido en vuestros padres y en los adultos para que surja en ellos el amor y la ternura,
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Si al mirar el Belén notais que estoy casi desnudo y os acordais de tantos niños igualmente pobres y mal vestidos, y sufrís en el fondo de vuestros corazones por esta situación inhumana y deseais que cambie verdaderamente,
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Si al ver la vaca, el buey, las ovejas, las cabras, los perros, los camellos y el elefante, pensais que el universo entero recibe mi amor y mi luz, y que todos, estrellas, piedras, árboles, animales y humanos formamos la gran Casa de Dios,
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Si cuando mireis hacia lo alto y veais la estrella con su cola recordais que siempre hay una estrella sobre vosotros, que os acompaña, iluminándoos y mostrándoos los mejores caminos,
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Sabed entonces que yo estoy llegando de nuevo y renovando la Navidad. Estaré siempre cerca de vosotros, caminando con vosotros, llorando con vosotros y jugando con vosotros, hasta aquel día, sólo Dios sabe cuando, en que estaremos todos juntos en la Casa de nuestro Padre y de nuestra Madre de bondad para vivir felices para siempre.
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Belén, 25 de diciembre del año 1.
Firmado: Niño Jesús
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miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA DOBLE MORAL DE ROMA (¿ABORTO O PRESERVATIVO?)

por Diego M. Luengo
(Profesor en Ciencias Sagradas y Filosofía)
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La Iglesia Católica Romana sigue con sus discusiones bizantinas: lucha para que no se despenalice el aborto y sigue prohibiendo el uso del preservativo.
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Pregunto: Si la Teología Moral Católica y la Ética filosófica dicen que, si hay que optar entre dos males se debe elegir el mal menor ¿el preservativo no sería esa opción? ¿No se evitarían los embarazos no deseados que terminan en abortos (y madres muertas o enfermas mentales)?
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Señores del clero ¡BASTA DE MALTRATO AL SER HUMANO! Dejen de cuidar el Status Quo de la Iglesia y cuiden la salud física y mental de las personas: antes de ser CRISTIANOS, somos HUMANOS.
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Una Iglesia que contraria las leyes naturales (puestas por Dios) y que no usa el razonamiento (puesto por Dios) y el sentido común que nos diferencia de los animales, no puede ser verdadera.
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"La GRACIA no anula la NATURALEZA, sino que la SUPONE y la ELEVA." (Santo Tomás de Aquino, Filósofo y Teólogo)
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martes, 21 de diciembre de 2010

EL MIEDO A LA HUMANIDAD

por José María Castillo
(Doctor en Teología y ex Sacerdote Jesuita)
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No hablo de males y catástrofes, que ya tenemos bastantes. Y bastante hablamos de nuestras desgracias. Mejor nos iría si tuviéramos una visión positiva y esperanzadora de la vida y de las cosas. Por eso hoy, en vísperas de Navidad, propongo que pensemos en el daño que a todos nos hace el miedo que le tenemos a nuestra propia humanidad. Porque estoy persuadido de que, en ese miedo, está la explicación y la raíz de tantas torpezas y maldades que se podrían y se tendrían que evitar.
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Vamos a ver. Desde la nochebuena hasta el día de reyes, los cristianos recordamos una serie de episodios en los que no resulta fácil precisar lo que hay de leyenda y lo que hay de verdad en esos relatos. Los estudiosos se rompen la cabeza intentado descifrar cada detalle y no acaban de ponerse de acuerdo. Pero, en todo caso, lo que hay de cierto (para un cristiano) en los evangelios de la infancia (Mt I-II; Lc I-II), es que "lo divino" (Dios, en definitiva) se dio a conocer, se hizo presente y se manifestó en "lo humano". Y precisamente en lo más humano: un niño, de condición humilde y en circunstancias de despojo, desamparo y persecución a muerte. Por supuesto, como es bien sabido, la historicidad de esos hechos está cuestionada desde no pocos puntos de vista y en muchos de sus detalles. Pero eso es lo que menos importa en este momento. No olvidemos que los evangelios no son primordialmente "libros de historia", sino que en ellos se nos ofrece un "mensaje religioso". Y eso es lo que al creyente le interesa. O eso es lo que le debe interesar.
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Ahora bien, el "mensaje religioso" de los evangelios de la infancia es tozudamente claro y provocador. Es el mensaje que nos dice esto: "lo divino" se encuentra en "lo humano". En lo más humano, es decir, en lo débil, en lo marginal, en los excluido y hasta en lo perseguido. "Lo divino" no se hizo presente en lo portentoso, en lo milagroso, en lo sobrecogedor, como le pasó a Moisés en la zarza ardiendo o en el monte Sinaí. "Lo divino" se hizo presente en un niño, en un establo, entre basura y animales. Y fue anunciado a pastores, uno de los oficios marginales de aquel tiempo. Y hasta el rey, informado por los sacerdotes, decidió matarlo. Así fue cómo "lo divino" tuvo que hacerse emigrante. Porque "lo divino", que se hace presente en "lo humano", no tiene "papeles". Es verdad que al niño lo circuncidaron (Lc II, 21), como se hacía con todos los humanos de aquella cultura. Y lo llevaron al templo (Lc II, 22-23), como también se hacía entonces con todos los humanos. Pero queda en pie que, según los evangelios de la Navidad, "lo divino" se hace presente, se comunica, se da, en algo tan humano, tan débil, tan entrañable, que se encuentra "un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc II, 12).
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El Evangelio tiene algo muy fuerte, muy duro, que no nos cabe en la cabeza. A partir de la primera Navidad, que hubo en la historia, a Dios no se le encuentra ya en lo fuerte, sino en lo débil. No se le encuentra en lo grande, sino en lo insignificante. No se le encuentra en lo grandioso y lo notable, sino en lo que no pinta nada para nadie. No se trata de que el Evangelio representa un proyecto nihilista, inhumano. Se trata exactamente de todo lo contrario. El Evangelio es la afirmación más sublime de lo humano. Porque es evidente que quienes conocieron a Jesús, lo que vieron y palparon en él fue a un ser humano. Entonces, ¿por qué, desde antes de nacer y en su nacimiento, intervinieron los ángeles y la fuerza del Espíritu. Y todo eso, además, envuelto en sueños, apariciones, enigmas y manifestaciones de lo extraordinario y lo celestial? Porque había que vencer nuestra pertinaz resistencia para aceptar que, desde el momento en que Jesús vino a este mundo, a Dios lo encontramos en nuestra propia humanidad.
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Pero resulta que esto es lo que no nos cabe en la cabeza a los humanos. Nos gusta lo grande, lo importante, lo notable, lo solemne, lo que impresiona y llama la atención, lo que se impone y admira... Todo eso y lo que se parece a eso. Pero, ¿y lo que no es ni más ni menos que humano? ¿lo que es común con todos los humanos? Pues eso, precisamente eso, que es lo que tantas veces menos valoramos, eso es lo que más necesitamos. Porque es lo que más nos humaniza. Y lo que más humaniza la vida, la convivencia, la sociedad. A todos nos "educan" para ser importantes, pero no para ser sencillamente humanos.
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De ahí, la consecuencia más peligrosa y más patética que todos arrastramos. Nos seduce el poder. Nos seduce la gloria. Queremos, a toda costa, ser importantes, destacar, ser notables. Confieso públicamente que a mí, por lo menos, todo eso me atrae, me agrada y es motivo de anhelos inconfesables. Anhelos y deseos que, cuando soy sincero conmigo mismo, los maldigo mil veces. Porque estos sentimientos me rompen por dentro y destrozan mi propia humanidad.
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Esta "civilización" (?), esta "cultura" (?), en que vivimos, ha hecho con nosotros lo peor que se podía hacer. Nos ha inoculado el miedo a nuestra propia humanidad. Tiene razón el viejo mito del paraíso perdido: la tentación satánica, que a todos nos acosa, es el deseo de "ser como Dios" (Gen III, 5). Estoy harto de ver "ateos" (y no digamos "creyentes") que se pasan la vida aspirando a ser "como Dios". No sé si lo consiguen. Lo que sí sé es que somos muchos los que, a fuerza de tanto querer alcanzar a ser "divinos", hemos dejado de ser verdaderamente "humanos". Tanta falsa apetencia de "divinidad" ha hecho trizas nuestra propia "humanidad". Y además, si pensamos en lo que ha ocurrido en el ámbito de las creencias y en el terreno propio de la teología, lo que ha pasado es que "lo divino" se ha distanciado tanto de "lo humano", que ha llegado a entrar en conflicto con las mejores manifestaciones de nuestra propia humanidad. Baste pensar en los constantes enfrentamientos entre los presuntos derechos de lo divino y los derechos humanos. Por no hablar del destrozo que estas ideas han causando en el estudio propio de la cristología. Da pena pensar en que no pocos jerarcas de la Iglesia ponen el grito en el cielo si oyen decir que Jesús fue, no solamente humano, sino que es el modelo perfecto de la plenitud humana. Ser representantes del poder divino, que les da rango y poder, les encanta. Ser ejemplos de humanidad, eso es otro cantar.
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